DICEÓPOLIS.
¡Oh Júpiter, que todo lo ves con perspicaz mirada, permíteme cubrirme hoy con el vestido de la miseria![131] — Eurípides, ya que me has concedido este favor, no me niegues los accesorios correspondientes a estos jirones; dame el gorrillo misio para la cabeza. «Pues hoy me conviene, para fingirme mendigo, ser quien soy y no parecerlo[132].» Es preciso que los espectadores sepan quién soy, y que yo hurle al coro estúpido con mi palabrería.
EURÍPIDES.
Te lo daré: a tu sutil ingenio nada puede negarse.
DICEÓPOLIS.
«La bendición de los inmortales descienda sobre ti y tu Telefo[133].» ¡Magnífico! Me siento henchido de bellas frases. Pero necesito también un bastón de mendigo.
EURÍPIDES.
Toma, y «retírate de estos pórticos de piedra.»
DICEÓPOLIS.
¿Ves, alma mía, cómo me despide, cuando aún me faltan tantas cosas para completar mi atavío? No hay que desistir; pidamos, supliquemos, porfiemos. Eurípides, dame un farolillo de mimbre ya medio quemado[134].