EURÍPIDES.

¡Me asesinas! Ahí las tienes. Mis tragedias quedan reducidas a nada.

DICEÓPOLIS.

Basta; me retiro: soy demasiado molesto «sin mirar que me hago odioso a los reyes.» ¡Infeliz de mí, soy perdido; he olvidado lo principal! Dulcísimo, queridísimo Eurípides, permita Júpiter que muera desastrosamente, si te pido otra cosa fuera de esta sola, de esta sola; dame un poco de aquel perifollo que vende tu madre[136].

EURÍPIDES.

Ese hombre me insulta. Cierra la puerta.


DICEÓPOLIS.

No tengo más remedio que presentarme sin el perifollo. (A sí mismo.) ¿Sabes la lucha que vas a emprender atreviéndote a hablar en favor de los lacedemonios? Adelante, corazón mío: he aquí la línea enemiga. ¿Te detienes? ¿No estás empapado en el espíritu de Eurípides? ¡Valor! Adelante, corazón angustiado; presenta sin miedo tu cabeza, y di cuanto te agrade. Atrévete, anda, acércate. Mi denuedo me regocija.

CORO.