¿Qué hará? ¿Qué dirá? Solo un hombre impudente y de férreo corazón se atrevería a exponer su cabeza contra toda la ciudad, y a ponerse en contradicción con ella. Ya se presenta ese hombre intrépido. Ea, habla, pues tal es tu deseo.

DICEÓPOLIS.

No os ofendáis[137], espectadores, de que siendo un mendigo, me atreva a hablar de política en una comedia; pues también la comedia conoce lo que es justo. Yo os diré palabras amargas, pero verdaderas. No me acusará hoy Cleón de que hablo mal de la ciudad en presencia de los extranjeros; estamos solos; las fiestas se celebran en el Leneo[138]; no hay extranjeros, ni han venido de las ciudades los pagadores de tributos, ni los aliados; estamos solos y limpios de toda paja: porque yo llamo paja de la ciudad a los metecos[139].

Yo aborrezco como el que más a los lacedemonios; ojalá el mismo Neptuno, dios del Ténaro[140], reduzca a escombros su ciudad[141]: pues también talaron mis viñas. Sin embargo, y esto lo digo porque sois amigos míos los que escucháis, ¿a qué creerles la causa de todos nuestros males? Algunos conciudadanos nuestros, no digo toda la república, notadlo bien, no digo toda la república, sino algunos hombres perdidos, falsos, sin honra ni pudor, y extraños a la ciudad, acusaron de contrabando a los megarenses. En cuanto veían un melón, o un lebratillo, o un cochinillo de leche, o un ajo, o un grano de sal, decían que eran de Megara, y los arrebataban y vendían inmediatamente. Todo esto no tenía grande importancia, ni trascendía fuera de la ciudad; pero algunos mozuelos, que se habían embriagado jugando al cótabo, fueron a Megara y robaron a la cortesana Simeta[142]; los megarenses, irritados, se apoderaron en revancha de dos hetairas amigas de Aspasia[143], y por esto, por tres meretrices, la guerra se encendió en todos los pueblos griegos. Por esto Pericles el Olímpico[144] tronó y relampagueó, conturbó toda la Grecia con sus discursos, e hizo aprobar una ley en la cual, como dice la canción[145], se prohibía a los megarenses permanecer en el territorio del Ática, en el mercado, en el mar y en el continente. Pronto estos, al verse acosados por el hambre, rogaron a los lacedemonios que interpusieran su influencia para que revocásemos el decreto, motivado por las cortesanas. Nosotros desatendimos sus repetidas súplicas. Empezaba ya a oírse el entrechocar de los escudos. «Alguno dirá: no convenía; decid, pues, ¿qué convenía?»[146]. Si contra un lacedemonio se hubiera presentado la acusación de haber ido embarcado a Serifos[147], y robado allí un perrillo, ¿hubierais permanecido tranquilos en vuestras moradas? Me parece que no: en seguida hubierais puesto a flote vuestras trescientas naves, y nos hubieran ensordecido el rumor de los soldados, las voces de los electores de trierarcas[148], y los gritos de los que venían a cobrar su paga: se hubieran dorado las estatuas de Palas[149]; la multitud hubiera invadido los pórticos donde se distribuye el trigo; y la ciudad se hubiera llenado de odres, de correas para remos, de compradores de toneles, de ristras de ajos, de aceitunas, de horcas de cebollas, de coronas, de sardinas, de tañedoras de flauta, y de contusiones: el arsenal también se hubiera visto atestado de maderas para remos, y atronado por el ruido de las clavijas que se ajustan y por el de los remos sujetos a las clavijas, por los gritos de los marineros, y por los silbidos de las flautas y pitos, que los animan al trabajo. «Sé que hubierais hecho esto»; pero, ¿no pensamos en Telefo? «Nos falta el sentido común.»[150].

SEMICORO.

¡Perdido, infame, mendigo harapiento! ¿Cómo te atreves a decirnos eso, y a echarnos en rostro que hemos sido delatores?

SEMICORO.

Tiene razón. Por Neptuno, cuanto ha dicho es la pura verdad.

SEMICORO.

¿Y aunque sea verdad, es necesario decirlo? Pero ya le costará caro su atrevimiento.