DICEÓPOLIS.

Pues yo anuncio a todos los peloponesios, megarenses y beocios, que pueden acudir a comprar y vender en mi mercado; solo exceptúo a Lámaco.

(Queda solo el CORO.)

CORO.

Este hombre aduce argumentos convincentes y va a cambiar la opinión del pueblo, inclinándole a la paz. Pero dispongámonos a recitar los anapestos[162].

Desde que nuestro poeta dirige los coros cómicos nunca se ha presentado a hacer su propio panegírico[163]; pero hoy que ante los atenienses, tan precipitados en sus decisiones, sus enemigos le acusan falsamente de que se burla de la república e insulta al pueblo, preciso le es justificarse con sus volubles conciudadanos. El poeta pretende haberos hecho mucho bien, impidiendo que os dejéis sorprender por las palabras de los extranjeros y que os hechicen los aduladores y seáis unos chorlitos. Antes los diputados de las ciudades, cuando os querían engañar, principiaban por llamaros: «Coronados de violetas»[164], y al oír la palabra coronas, era de ver cómo no cabíais ya en vuestros asientos[165]. Si otro adulándoos decía: «La espléndida Atenas»[166], conseguía al punto cuanto deseaba, por haberos untado los labios con el elogio, como si fueseis anchoas. Desengañándoos, pues, os ha prestado el poeta eminentes servicios, y ha difundido por las ciudades aliadas el régimen democrático. Por eso los pagadores de tributos de esas mismas ciudades acudirán deseosos de conocer al excelente poeta que no ha temido decir la verdad a los atenienses. La fama de su atrevimiento ha llegado tan lejos, que el gran Rey, interrogando a la embajada de los lacedemonios, preguntó primero cuál era la armada más poderosa, y después cuáles eran los más atacados por nuestro vate, y les aseguró que sería más feliz y conseguiría señaladísimas victorias la república que siguiese sus consejos. Por eso los lacedemonios os brindan con la paz, y reclaman a Egina[167]; no porque den gran importancia a aquella isla, sino por despojar de sus bienes al poeta; pero vosotros no le abandonéis jamás; en sus comedias brillará siempre la justicia, y abogará siempre por vuestra felicidad, no con adulaciones ni vanas promesas, fraudes, bajezas ni intrigas, sino dándoos buenos consejos y proponiéndoos lo que sea mejor.

Después de esto, ya puede Cleón urdir y maquinar contra mí cuanto se le antoje. La honradez y la justicia estarán de mi lado, y nunca la república verá en mí, como en él, un cobarde e inmundo bardaje.

¡Ven, infatigable musa acarniense, brillante y devoradora como el fuego! Semejante a la chispa que, sostenida por un suave viento, salta de los tizones de encina mientras unos asan sobre ellos sabrosos pececillos, y otros preparan la salmuera fresca de Tasos o amasan la blanca harina, ¡ven, musa impetuosa, intencionada y agreste, y presta inspiración a tu conciudadano!

Nosotros, decrépitos ancianos, acusamos a la ciudad. Vemos desamparada nuestra vejez, sin que se nos alimente en recompensa digna de los méritos que en las batallas navales contrajimos; en cambio, sufrimos mil vejámenes; nos enredáis en litigiosas contiendas, y luego permitís que sirvamos de juguete a oradores jovenzuelos: ya nada somos; mudos e inservibles, como flautas rajadas, un bastón es nuestro único apoyo, o nuestro Neptuno, por decirlo así. En pie ante el tribunal, balbuceando algunas palabras inconexas, solo vemos de la justicia la bruma que la rodea, mientras el abogado contrario, deseando captarse las simpatías de la juventud, lanza sobre el demandado un diluvio de palabras precisas y seguras; y luego de haberlo rendido, le interroga, le dirige preguntas insidiosas, y le turba, le aflige y despedaza, como le sucedió al anciano Titón.

El pobre calla; se retira castigado con una pena pecuniaria; llora y solloza, y dice a sus amigos: «El dinero con que pensaba comprar mi ataúd, tengo que darlo para pagar esta multa.»