¿Es justo arruinar de ese modo a un anciano, a un hombre encanecido, que sobrellevó con sus compañeros tantas fatigas, que vertió por la república sudores ardientes, varoniles y copiosos, y que en Maratón peleó como un héroe? Nosotros, que de jóvenes perseguimos en Maratón a los enemigos, somos ahora perseguidos por hombres malvados, y condenados al fin. ¿Que responderá a esto Marpsias?[168] ¿Es justo que un hombre encorvado por la edad, como Tucídides[169], cual si se hubiera perdido en los desiertos de Escitia, sucumba en sus litigios con Cefisodemo[170], abogado locuaz? Os aseguro que sentí la más viva compasión y hasta lloré, viendo maltratado por un arquero a ese anciano, a Tucídides digo, que, por Ceres, cuando estaba en la plenitud de sus fuerzas no hubiera tolerado fácilmente que se le atreviese nadie, ni aun la misma Ceres, pues primero hubiera derribado a diez Evatlos[171], y luego aterrado con sus gritos a los tres mil arqueros, y matado con sus flechas a toda la parentela de ese mercenario. Mas, ya que no queréis dejar descansar a los viejos, decretad, a lo menos, la división de las causas: que el viejo desdentado litigue contra los viejos; el bardaje contra los jóvenes, y el charlatán contra el hijo de Clinias[172]. Es necesario, no lo niego, perseguir a los malvados; pero en todos los procesos sea el anciano quien condene al anciano, y el joven al joven.
DICEÓPOLIS.
Estos son los límites de mi mercado. Todos los peloponesios, megarenses y beocios pueden concurrir a él, con la condición de que me vendan a mí sus mercancías y no a Lámaco. Nombro agoránomos[173] de mi mercader, elegidos a suerte, estos tres zurriagos del Lepreo[174]. Que no entre aquí ningún delator, ni ningún habitante de Fasos[175]. Voy a traer la columna[176] sobre la cual está escrito el tratado, para colocarla a la vista de todos.
(Entra un megarense con dos muchachas.)
EL MEGARENSE[177].
¡Salud, mercado de Atenas, grato a los megarenses! Juro por Júpiter, protector de la amistad, que deseaba verte como el hijo a su madre. Hijas desdichadas de un padre infortunado, mirad si encontráis alguna torta. Escuchadme, por favor, y hagan eco mis palabras en vuestro famélico vientre. ¿Qué queréis? ¿Ser vendidas o moriros de hambre?
LAS MUCHACHAS.
¡Ser vendidas, ser vendidas!