Cierto, he dicho una tontería. ¡Caiga la culpa sobre mí!
EL MEGARENSE.
Id, lechoncillos míos, y, lejos de vuestro padre, ved si hay quien os dé de comer tortas con sal.
(Vanse los dos.)
CORO.
Este hombre[191] es muy feliz. ¿No has oído cuán provechosa le ha sido su determinación? Se gana la vida sentado tranquilamente en la plaza; y si se presenta Ctesias o algún otro delator, les obligará a tomar asiento doloridos. Nadie te engañará en la compra de comestibles; Prepis[192] no te manchará con su inmundo contacto; Cleónimo no te dará empellones; cruzarás por entre la multitud vestido de fiesta sin temor de que te salga al encuentro el pleitista Hipérbolo, ni de que, al pasear por el mercado, se te acerque Cratino[193], pelado a la manera de los libertinos, o aquel perversísimo Artemón[194], en cuyas axilas se esconden chivos apestados[195]. Tampoco se burlarán de ti en la plaza ni el perdido Pausón[196] ni Lisístrato[197], oprobio de los colargienses; ese que impregnado de todos los vicios, como el paño en la púrpura que le tiñe, padece hambre y frío más de treinta días al mes.
UN BEOCIO.
¡Por Hércules! ¡Cómo me duele el hombro! — Isménico, descarga con cuidado el poleo[198]; y vosotros, flautistas tebanos, soplad con vuestras flautas de hueso por el agujero mayor de esta piel de perro[199].
DICEÓPOLIS.