Todos los bienes penetran por sí mismos en su morada.
Nunca admitiré en mi casa al belicoso Marte; jamás cantará en mi mesa el himno de Harmodio[211], porque es un ser cuya embriaguez es temible. Arrojándose sobre nuestros bienes, descargó sobre nosotros todos los males, la ruina, la destrucción y la muerte; en vano le decíamos amablemente: «Bebe, acompáñanos en la mesa, acepta esta copa de amistad», porque entonces atizaba con más violencia el incendio de nuestros rodrigones, y derramaba el vino de nuestras cepas.
Abundante mesa es la de Diceópolis; envanecido con su suerte, arroja en los umbrales de su casa esas plumas, indicio de su regalada vida.
¡Oh Paz, compañera de la hermosa Venus y de sus amigas las Gracias! ¿Cómo he podido desconocer tanto tiempo tu sin par belleza?
¡Ojalá me despose contigo un Amor coronado de rosas como el que está allí pintado![212] ¿Me crees acaso demasiado viejo? Pues si me enlazo a ti podré, aunque anciano, hacer tres cosas en obsequio tuyo: abrir en primer lugar un largo surco para la vid[213]; poner después junto a él tiernos retoños de higuera, y plantar luego el vigoroso sarmiento; cercando, por fin, todo mi campo de olivos, con cuyo aceite podamos mutuamente ungirnos en las Neomenias.
UN HERALDO.
Pueblos, escuchad: conforme a la costumbre patria, bebed en vuestras copas, al son de las trompetas; el que primero haya apurado su vaso recibirá en premio un odre de Ctesifonte[214].
DICEÓPOLIS.
Muchachos, mujeres, ¿no habéis oído? ¿Qué hacéis? ¿No habéis oído el pregón? Coced las viandas, asadlas; retirad pronto las liebres de los asadores; tejed las coronas; dadme asadorcillos para los tordos[215].