¡Oh día deseado por los hombres de bien y los campesinos! ¡Con qué placer tornaré a ver mis viñas y a saludar, después de tantos tiempos, las frondosas higueras plantadas en mi juventud!
TRIGEO.
Principiemos, amigos míos, por adorar a la diosa que nos ha libertado de Gorgonas y penachos, y corramos después a nuestros campos, provistos de sabroso almuerzo.
MERCURIO.
¡Oh Neptuno, cómo alegra la vista ese batallón de labradores, apretados como la masa de una torta, o los convidados en un banquete público!
TRIGEO.
¡Sí; mirad cómo brillan las palazadas! ¡Cómo los zarcillos de tres dientes relucen al sol! ¡Qué derechos surcos va a trazar esa turba feliz! Yo también deseo marchar al campo y remover aquellas pocas tierras, tanto tiempo abandonadas. ¡Acordaos, amigos míos, de nuestra antigua vida, regocijada con los dones que la diosa entonces nos dispensaba! ¡Acordaos de aquellas cestas de higos secos y frescos; acordaos de los mirtos, del dulce mosto, de las violetas ocultas en las orillas de la fuente y de las aceitunas tan deseadas! Por tan inmensos beneficios adoremos a la Diosa.
CORO.
¡Salve, salve, deidad querida, tu vuelta llena de regocijo nuestras almas! Lejos de ti me abrumaba el dolor, me consumía el ardiente afán de volver a mis campos. Tú eres para todos el mayor de los bienes, la más anhelada dicha. Tú el único sostén de los que viven cultivando la tierra. Bajo tu imperio, sin dispendios ni fatigas, disfrutábamos de mil dulces placeres; tú eras nuestro pan cotidiano, nuestra salud, nuestra vida. Por eso las vides y jóvenes higueras y todas nuestras plantas te acogen jubilosas, y sonríen a tu venida. (A Mercurio.) Pero tú, el más benévolo de los dioses, dinos dónde ha estado encerrada tanto tiempo.
MERCURIO.