Sabios labradores, escuchad mis palabras, si queréis saber cómo la habéis perdido. La desgracia de Fidias[302] fue la primera causa; en seguida Pericles, temeroso de la misma suerte, desconfiando de vuestro carácter irritable, creyó que el mejor modo de evitar el peligro personal era poner fuego a la República. Su decreto contra Mégara fue la pequeña chispa que produjo la vasta conflagración de una guerra, cuyo humo ha arrancado tantas lágrimas a todos los griegos, a los de aquí y a los de otras comarcas. Al primer rumor de ese incendio, crujieron a su pesar nuestras cepas; la tinaja, bruscamente removida, chocó contra la tinaja; nadie podía ya contener el mal, y la Paz desapareció.

TRIGEO.

He ahí, por Apolo, cosas completamente ignoradas; yo a nadie había oído que Fidias estuviese relacionado con la Diosa.

CORO.

Ni yo tampoco hasta ahora. Sin duda la Paz debe su hermosura a su alianza con él. ¡Cuántas cosas ignoramos!

MERCURIO.

Entonces, conociendo las ciudades sometidas a vuestro mando que, exasperados unos contra otros, estabais próximos a despedazaros, pusieron en práctica todos los medios para eximirse del pago de los tributos y ganaron a fuerza de oro a los lacedemonios principales. Estos, como avaros que son y despreciadores de todo extranjero, muy pronto arrojaron ignominiosamente a la Paz, y se declararon por la Guerra. La fuente de sus ganancias lo fue de ruina pera los pobres labradores; pues bien pronto vuestras trirremes fueron, en represalias, a comerse sus higos.

TRIGEO.

Muy bien hecho. También ellos me cortaron a mí una higuera negra que yo mismo había plantado y dirigido.

CORO.