Sí, muy bien hecho, por Júpiter; a mí también me rompieron de una pedrada una medida con seis medimnas de trigo.
MERCURIO.
Los trabajadores del campo, reunidos después en la ciudad,[303] se dejaron comprar como los otros; echaban de menos, es cierto, sus uvas y sus higos, pero en cambio oían a los oradores. Estos, conociendo la debilidad de los pobres, y la extremada miseria a que estaban reducidos, ahuyentaron a la Paz a fuerza de clamores, como si fueran horquillas, siempre que, arrastrada por su amor a este país, apareció entre nosotros: vejaban a los más poderosos y opulentos de nuestros aliados, acusándolos de ser partidarios de Brásidas. Y vosotros os arrojabais como perros sobre el infeliz calumniado y lo despedazabais rabiosamente; pues la república, pálida de hambre y temerosa, devoraba con feroz placer cuantas víctimas le presentaba la calumnia. Los extranjeros, viendo los terribles golpes que asestaban estos oradores, les tapaban la boca con oro, de suerte que los enriquecieron, mientras la Grecia se arruinaba sin que lo advirtieseis. El autor de tantos males era un curtidor.[304]
TRIGEO.
Cesa, cesa, Mercurio, de recordarme a ese hombre; déjale en paz en los infiernos, donde sin duda está: ya no es nuestro, sino tuyo;[305] por consiguiente, cuanto digas de él, aunque en vida haya sido canalla, charlatán, delator, revoltoso y trastornador, recaerá sobre uno de tus súbditos. (A la Paz.) Pero ¿por qué callas, oh Diosa?
MERCURIO.
No conseguirás que revele a los espectadores la causa de su silencio; está muy irritada por lo que le han hecho sufrir.
TRIGEO.
Pues que te diga a ti siquiera algunas palabras.
MERCURIO.