EL ESCLAVO.

Acéptalo, oh la más honrada de las diosas, y no hagas como esas mujeres que engañan a sus maridos. Esas, digo, que miran por la puerta entreabierta, y cuando alguno se fija en ellas, se retiran; después, si se aleja, vuelven a mirar. ¡Oh, no hagas eso con nosotros!

TRIGEO.

Al contrario, como una mujer honrada, muéstrate sin rebozo a tus adoradores que hace trece años nos consumimos lejos de ti. Pon término a las luchas y tumultos, y merece el nombre de Lisímaca;[351] corrige esta suspicacia y charlatanería que engendra nuestras mutuas calumnias; une de nuevo a los griegos con los dulces vínculos de la amistad, y predisponlos a la benignidad y a la indulgencia; haz, en fin, que en nuestra plaza abunden las mejores mercancías, ristras de ajos, cohombros tempranos, manzanas, granadas, y pequeñas túnicas para los esclavos; que afluyan a ella los beocios cargados de gansos, ánades y alondras; que vengan con cestos de anguilas del Copáis,[352] y amontonados en torno de ellas, luchemos entre la turba de compradores, con Móricos, Téleas y Glaucetes[353] y otros glotones ilustres; y que Melantio, llegando el último al mercado, y viéndolo todo vendido, se lamente y exclame como en su Medea: «¡Yo muero! ¡Me han abandonado las que se esconden entre las acelgas!»[354] y que todos se rían de su desgracia. Concédenos, Diosa veneranda, esto que te pedimos.

EL ESCLAVO.

Coge el cuchillo y degüella la oveja como un cocinero consumado.

TRIGEO.

Eso no es lícito.

EL ESCLAVO.

¿Por qué?