HIEROCLES.
¡Sed testigos!...
TRIGEO.
De que eres un glotón y un impostor. ¡Firme: echa de aquí a bastonazos a ese charlatán!
EL ESCLAVO.
Cuida de esto; yo voy a quitarle las pieles de las víctimas que nos ha escamoteado. ¡Suelta esas pieles, adivino infernal! ¿Oyes? ¿Qué especie de cuervo es este que nos ha venido de Orea? Ea, pronto, emprende el vuelo hacia Elimnio.[364]
CORO.
¡Qué alegría! ¡Qué alegría! ¡Ya no más cascos, quesos ni cebollas! Los combates para quien los quiera: a mí solo me gusta beber con mis buenos amigos, junto al hogar donde con viva llama arde y chisporrotea la leña cortada en el rigor del estío, y tostar garbanzos sobre las ascuas, y asar bellotas entre el rescoldo, y hurtar un beso a Trata,[365] mientras se baña mi esposa. Después de hecha la siembra, cuando la riega Júpiter con benéfica lluvia, nada hay tan agradable como el hablar así con un vecino: «Dime, ¿qué hacemos ahora, querido Comárquides? Yo quisiera beber, mientras el cielo fecunda nuestro campo. Ea, mujer, mezcla un poco de trigo con tres quénices de habichuelas, y ponlas a cocer, y danos higos secos. Que Sira haga volver a Manes del campo; hoy no es posible podar las vides, ni desterronar, pues la tierra está sumamente húmeda. Que me traigan el tordo y los dos pinzones. También debe de haber en casa calostro y cuatro tajadas de liebre, si ayer noche no las robó el gato, porque oí en la despensa un ruido sospechoso. Muchacho, trae tres pedazos, y dale el otro a mi padre. Pide a Esdúnada ramas de mirto con sus bayas; y, ya que te coge de camino, dile a Carinades que venga a beber con nosotros, mientras el cielo benéfico fecunda los sembrados.» Cuando entona la cigarra su dulce cantinela,[366] me gusta ver si las uvas de Lemnos principian a madurar, pues son las más tempranas; y no menos me agrada mirar cómo van hinchándose los higos, y comerlos cuando están maduros, y exclamar, saboreándolos: «Deliciosa estación.» Después bebo una infusión de tomillo machacado, y logro así engordar en el estío, mucho más que viendo a uno de esos taxiarcos,[367] aborrecidos por los dioses, pavoneándose con su triple penacho y su clámide teñida de un rojo deslumbrador que pretende hacer pasar por púrpura de Sardes. Pero cuando ocurre pelear, él mismo se encarga de darle una mano de azafrán cicense. Y después huye veloz el primero como un gallo, agitando sus amarillas crestas, mientras yo guardo mi puesto. Cuando están en Atenas estos valentones hacen cosas insufribles; inscriben a unos en las listas y borran a otros, dos y tres veces, según su capricho. «Mañana es la marcha», oye decir a lo mejor un ciudadano que no ha comprado víveres porque nada sabía al salir de su casa, y luego, al pararse delante de la estatua de Pandión,[368] ve su nombre inscrito en la lista; se aturde, y echa a correr llorando. Así nos tratan a los pobres campesinos; a los ciudadanos ya les tienen más consideraciones esos cobardes aborrecidos de los dioses y los hombres. Pero si el cielo lo permite, ya tendrán su merecido. Mucho daño me han hecho esos taxiarcos, leones en la ciudad y zorros en el combate.