¿No dice nada tu corneja?
PISTETERO.
Nada absolutamente; grazna ahora como antes.
EVÉLPIDES.
Pero, en fin, ¿qué dice de nuestra ruta?
PISTETERO.
¿Qué ha de decir sino que a fuerza de roer acabará por comérseme los dedos?
EVÉLPIDES.
¡Esto es insoportable! Queremos irnos a los cuervos;[388] ponemos para conseguirlo cuanto está de nuestra mano, y no logramos hallar el camino. Porque habéis de saber, oyentes míos, que nuestra enfermedad es completamente distinta de la que aflige a Saccas: este, no siendo ciudadano, se obstina en serlo, y nosotros que lo somos, y de familias distinguidas, aunque nadie nos expulsa, huimos a toda prisa de nuestra patria. No es que aborrezcamos a una ciudad tan célebre y afortunada, y abierta siempre a todo el que desee arruinarse con litigios; porque es una triste verdad que si las cigarras solo cantan uno o dos meses entre las ramas de los árboles, en cambio los atenienses cantan toda la vida posados sobre los procesos. Esto es lo que nos ha obligado a emprender este viaje y a buscar, cargados del canastillo, la olla y las ramas de mirto,[389] un país libre de pleitos, donde pasar tranquilamente la vida. Nos dirigimos con tal objeto a Tereo, la Abubilla, para preguntarle si, en las comarcas que ha recorrido volando, ha visto alguna ciudad como la que deseamos.
PISTETERO.