(Entran en la casa y llega el coro.)
CORO.
Adelante, paso firme. ¿Te retrasas, Comias? Por Júpiter, antes no eras así; al contrario, eras más duro que una correa de perro: ahora Carinades te gana a andar. ¡Oh Estrimodoro de Contilo,[52] el mejor de los jueces! ¿están ahí por casualidad Evérgides y Cabes de Flíos? ¡Diantre, diantre! Aquí se halla cuanto queda de aquella juventud que florecía cuando tú y yo hacíamos centinela en Bizancio: entonces en nuestras correrías nocturnas le robamos su artesa a aquella panadera; la hicimos astillas, y cocimos unas verdolagas. Pero apresurémonos, amigos; hoy es el juicio de Laques;[53] todos dicen que tiene su colmena llena de dinero. Por eso Cleón, nuestro patrono, nos mandó ayer que acudiéramos temprano provistos para tres días de terrible cólera contra él,[54] a fin de vengarnos de sus injurias. Ea, aprisa, compañeros, antes de que amanezca. Marchemos mirando a todas partes con ayuda de las linternas,[55] no caigamos por falta de precaución en algún lazo.
UN NIÑO.
Padre, padre, cuidado con ese lodazal.
CORO.
Coge esa pajita del suelo, y espabila la linterna.
EL NIÑO.
No, ya la espabilaré con el dedo.