CORO.
Niño, ¿no ves que con el dedo vas a alargar la mecha, ahora que anda tan escaso el aceite? ¡Ya se conoce que tú no lo compras!
EL NIÑO.
Por Júpiter, si continuáis amonestándonos a puñetazos, apagamos las linternas y nos vamos a casa. Entonces os quedaréis a oscuras y andaréis removiendo lodos, como si fueseis patos.
CORO.
Yo castigo a otros mayores. Pero me parece que voy pisando barro. Mucho será que a lo más dentro de cuatro días no llueva copiosamente. ¡Tanto crece el pábilo de mi lámpara! Este suele ser signo de gran lluvia. Además, los frutos tardíos están pidiendo el agua y el soplo del Bóreas. Pero ¿qué le habrá sucedido al colega que vive en esa casa, que no sale a reunirse con nosotros? A fe que antes no había que sacarle a remolque; él iba delante de nosotros cantando versos de Frínico, pues el amigo es aficionado a la música. Pienso, compañeros, que debemos pararnos aquí, y llamarle cantando; quizá la melodía de mi canción le haga salir.
¿Por qué no se presenta el viejo delante de su puerta y ni siquiera nos responde? ¿Habrá perdido los zapatos? ¿Se habrá dado algún golpe en el pie andando a oscuras y tendrá hinchado el tobillo? ¿Tendrá quizá algún bubón? Pues era el más acérrimo de nosotros y el único inexorable. Si alguno le suplicaba, le decía bajando la cabeza: «Cueces un guijarro».[56] Puede que haya tomado a pecho el habérsenos escurrido con mentiras aquel acusado, proclamándose amigo de los atenienses y primer revelador de lo ocurrido en Samos;[57] quizá esto le tenga con fiebre, porque el hombre es así. Vamos, amigo mío, levántate, no te dejes consumir por la ira. Hoy va a ser juzgado un hombre opulento de los que entregaron a Tracia.[58] Ven a condenarlo.
Anda adelante, muchacho, anda adelante.
EL NIÑO.
Padre, ¿me darás lo que te pida?