¡Tralalá, tralalá!

(Vase.)

PISTETERO.

Sí, pero te escapas de estos helados campos con una buena túnica. Jamás hubiera creído, Júpiter soberano, que ese maldito poeta pudiera adquirir tan pronto noticias de esta ciudad. (Al sacerdote.) Coge la vasija y da vuelta al altar.


EL SACERDOTE.

¡Silencio!

UN ADIVINO.

No inmoles el chivo.[507]

PISTETERO.