PISTETERO.
Oye, déjate de palabras campanudas, y estate quieta. Dime, ¿crees que me vas a espantar con ese lenguaje, como si fuese algún esclavo lidio o de la Frigia?[538] ¿Sabes que si Júpiter me molesta más, enviaré águilas igníferas que incendien su morada y el palacio de Anfión?[539] ¿Sabes que puedo mandar al cielo contra él más de seiscientos alados porfiriones[540] cubiertos con pieles de leopardos? Y cuenta que uno solo le dio mucho que hacer. Y a ti, bella mensajera, como me incomodes, te agarro y te doy a conocer, con asombro tuyo, que, aunque viejo, pocos me ganan en las lides amorosas.
IRIS.
¡Ojalá revientes, estúpido, con tus dicharachos!
PISTETERO.
¿Te marchas o no? ¡Largo pronto! ¡Cuidado con los golpes!
IRIS.
¡Ah! Mi padre castigará tu insolencia.
PISTETERO.
¡Vaya un susto! ¡Vuela, vuela, vete a llenar con el humo y el hollín de tus rayos a otros más jóvenes que yo!