LISÍSTRATA.
Nada se me da de ellos. Ni el incendio, ni todas sus amenazas me harán abrir jamás aquellas puertas, si no aceptan la condición convenida.
CALÓNICE.
Nunca, por Venus: de otro modo sería inmerecida la opinión en que nos tienen de tercas y malvadas.
CORO DE VIEJOS.[632]
Anda, Draces; guíanos con precaución, aunque te quebrante el hombro ese pesado haz de olivo verde. ¡Qué cosas tan inesperadas se ven cuando se vive muchos años! ¡Ay, Estrimodoro! ¿Quién hubiera imaginado nunca que había de llegar un día en que las mujeres, esa peste de nuestras casas, alimentadas por nosotros con tanto regalo, se apoderarían de la estatua de Minerva, y ocuparían mi ciudadela, y atrancarían sus puertas con barras y cerrojos? Pero corramos, corramos al alcázar, amigo Filurgo; rodeemos de un muro de faginas a las inventoras y ejecutoras de tan execrable hazaña; hagamos una sola pira, y con nuestras propias manos abrasemos a todas sin excepción, y a la esposa de Licón la primera.[633]
¡No, por Ceres, mientras yo viva no se burlarán de nosotros! Pues ni Cleómenes,[634] cuando en otro tiempo se apoderó de la ciudadela, pudo dejarla con honor; a pesar de sus humos lacedemonios, viose obligado a capitular y a retirarse sin armas, sin más vestidos que una pequeña túnica, lleno de andrajos, escuálido, hecho un oso sucio, como si en seis años no se hubiese lavado. ¡Oh qué sitio aquel! Nuestros soldados, colocados de diecisiete en fondo, cerraban la salida, y no se relevaban ni para dormir. ¿Y no reprimiré con mi sola presencia la audacia de esas mujeres aborrecidas por Eurípides y todos los dioses? Si tal sucede, consiento que sean derribados mis trofeos de la Tetrápolis.[635]
Mas para llegar a la ciudadela, aún tengo que subir esa pendiente; procuremos arrastrar estos haces, sin acudir a las bestias de carga; ¡ay! las leñas me destrozan los hombros.
Sin embargo, es necesario subir, y soplar el fuego, no vaya a apagársenos y a faltarme al final de la jornada. ¡Fu!, ¡fu! (soplando). Justo cielo, ¡qué humo! Al salir del brasero se lanza sobre mí, y me muerde los ojos como un perro rabioso. Es fuego de Lemnos,[636] no me cabe duda; de otro modo no atacaría tan cruelmente mis ojos legañosos. Vamos, Lagnes, corramos a la ciudadela y auxiliemos a la diosa. ¿Cuándo habrá ocasión mejor de socorrerla? ¡Fu!, ¡fu! (soplando); ¡justo cielo!, ¡qué humo!