Haz lo que gustes.


CORO.

Id alegres a donde queráis. Escuchad, en tanto, innumerables espectadores, nuestros prudentes consejos, y procurad que no caigan en saco roto: esa falta es propia de un auditorio ignorante; vosotros no la podéis cometer.[148]

Ahora, si amáis la verdad desnuda y el lenguaje sin artificios, prestadme atención, oh pueblo. El poeta quiere haceros algunos cargos. Está quejoso de vosotros, que antes le acogisteis tan bien, cuando imitando unas veces al espíritu profético oculto en el vientre de Euricles,[149] hizo que otros poetas os presentasen muchas comedias suyas,[150] y afrontando otras cara a cara el peligro dirigió por su mano sin ajeno auxilio los vuelos de su Musa. Colmado por vosotros de gloria y honores, como ningún otro vate, no creyó, sin embargo, haber llegado a la cúspide de la perfección, ni se enorgulleció por ello, ni recorrió las palestras para corromper a la juventud deslumbrada por sus triunfos.[151] Noblemente resuelto a que las Musas que le inspiran no desciendan jamás al oficio de viles alcahuetas, ha desoído las reclamaciones del amante, quejoso de ver ridiculizado el objeto de su torpe pasión. Ya en el extremo de su carrera dramática no luchó con hombres, sino que manejando intrépido la clava de Hércules, hubo de atacar a los mayores monstruos. Principió[152] por acometer audazmente a aquella horrenda fiera, de dientes espantosos, ojos terribles, flameantes como los de Cinna,[153] rodeado de mil infames aduladores que a porfía le lamen la cabeza; de voz estruendosa como la de destructor remolino; de olor a foca y de partes secretas, que por lo inmundas recuerdan las de los camellos[154] y las lamias.[155] A la vista de semejante monstruo el miedo no le arrancó regalos para apaciguarle; al contrario, sintió aumentarse su valor para defenderos. Así, el año último dirigió de nuevo sus ataques contra esos vampiros[156] que, pálidos, abrasados por incesante fiebre, estrangulaban en las tinieblas a vuestros padres y abuelos, y acostados en el lecho de los ciudadanos pacíficos enemigos de cuestiones, amontonaban sobre ellos procesos, citaciones y testigos, hasta el punto de que muchos acudieron aterrados al Polemarca.[157] Esto no obstante, el año pasado abandonasteis al denodado defensor que puso todo su ahínco en purgar de tales males a la patria, y le abandonasteis precisamente cuando sembraba pensamientos de encantadora novedad, cuyo crecimiento impedisteis por no haberlos comprendido bien;[158] el autor, sin embargo, jura a menudo entre estas libaciones a Baco, que jamás oísteis versos cómicos mejores que los suyos. Vergonzoso es que no entendieseis de seguida su intención profunda; pero al poeta le consuela el no haber desmerecido en la opinión de los doctos, aunque se haya estrellado su esperanza por vencer en audacia a sus rivales.

En adelante, queridos atenienses, amad y honrad más a los poetas que procuran deleitaros con nuevas invenciones: recoged sus pensamientos y guardadlos en vuestras arcas como manzanas olorosas. Si así lo hiciereis, vuestros vestidos exhalarán todo el año un suave perfume de sabiduría.

En otro tiempo éramos infatigables en la danza, infatigables en la guerra, infatigables, sobre todo, en las lides amorosas. ¡Todo, todo ha pasado! La blancura de nuestros cabellos vence ya a la del cisne; fuerza será, sin embargo, reanimar en estos restos el vigor juvenil; pues mi vejez, según creo, vale más que los rizos, adornos y disolutas costumbres de muchos jovenzuelos.

Espectadores: si alguno de vosotros se asombra al vernos vestidos de avispas y no comprende el objeto de nuestro aguijón, fácilmente disiparé su ignorancia. Nosotros, a quienes veis así armados por detrás, somos la gente ática única verdaderamente noble y autóctona; raza valerosísima que tan insignes servicios prestó a la república cuando el bárbaro, ganoso de arrojarnos de nuestras colmenas, invadió este territorio llevando delante de sí el incendio y la desolación. Al punto corrimos a su encuentro, y armados de escudo y lanza,[159] le atacamos. La ira hervía en nuestros pechos; nos tocábamos hombre con hombre; nos mordíamos los labios de coraje, y una nube de dardos oscurecía el cielo:[160] por fin, con ayuda de los Dioses los derrotamos a la caída de la tarde. Antes del combate una lechuza había pasado sobre nuestro ejército.[161] Después les perseguimos, clavándoles nuestro aguijón como furiosos tábanos; ellos huían y nosotros les picábamos las mejillas y la frente; así es que para los bárbaros nada hay ya tan temible como la avispa ática.

Terribles éramos en aquel tiempo: nada nos amedrentaba: a bordo de las trirremes exterminamos los enemigos. No nos cuidábamos entonces de perorar elegantemente, ni de calumniar a nadie; toda nuestra ambición se cifraba en ser el mejor remero. De este modo ganamos a los persas muchas ciudades.[162] Y a nuestro valor se deben principalmente esos tributos que hoy derrochan los jóvenes.[163]

Si nos miráis con detención, observaréis que somos semejantes a las avispas en nuestras costumbres y modo de vivir. En primer lugar, cuando se nos irrita no hay animal más colérico e intratable; y en todo lo demás hacemos lo que ellas. Reunidos en enjambres nos repartimos en diferentes avisperos: unos vamos a juzgar con el Arconte,[164] otros al Odeón,[165] otros con los Once,[166] y otros, pegados a la pared[167] con la cabeza baja y sin moverse apenas, nos parecemos a las larvas encerradas en su capullo. El procurarnos la subsistencia nos es sumamente fácil, pues nos basta para ello picar al primero que se presenta. Pero hay entre nosotros zánganos desprovistos de aguijón, que se comen sin trabajar el fruto de nuestros afanes. Y es doloroso, ciudadanos, que quien nunca peleó, quien nunca se hizo una ampolla manejando el remo o la lanza en defensa de la república, se apodere así de nuestro salario. Por tanto, opino que en adelante quien no tenga aguijón no cobre el trióbolo.