Pues ya merece la pena de aprender muchos cuentos eso de poder librarme con uno de pagar cualquiera daño que cause. Ea, vamos; que nadie nos detenga.

CORO.

Muchas veces he dado prueba de agudo ingenio, y jamás de estupidez; pero me gana Aminias,[192] ese hijo de Selo, perteneciente a la raza copetuda,[193] a quien vi un día ir a cenar con Leógoras,[194] llevando por junto una manzana y una granada, y cuenta que es más hambriento que Antifonte.[195] Ya fue de embajador a Farsalia,[196] pero allí solo se reunía a los penestas,[197] padeciendo él mayor penuria que ninguno.

¡Afortunado Autómenes,[198] cuánto envidiamos tu felicidad! Tus hijos son los más hábiles artistas. El primero, querido de todos, canta admirablemente al son de la cítara, y la gracia le acompaña; el segundo es un autor cuyo mérito nunca se ponderará bastante; pero el talento del último, de Arifrades digo, deja muy atrás al de los otros. Su padre jura que lo ha aprendido todo por sí propio, sin necesidad de maestro, y que solo a su talento natural debe la invención de sus inmundas prácticas en los lupanares. Algunos han dicho que yo me había reconciliado con Cleón porque me perseguía encarnizadamente y me martirizaba con sus ultrajes. Ved lo que hay de cierto: cuando yo lanzaba dolorosos gritos, vosotros os reíais a placer, y en vez de compadecerme, solo anhelabais que la angustia me inspirase algún chiste mordaz y divertido. Al notar esto, cejé un poco y le hice algunas caricias. He ahí por qué «a la cepa le falta ahora su rodrigón.»[199]

JANTIAS.

¡Oh tortugas tres veces bienaventuradas! ¡Cuánto envidio la dura concha que defiende vuestro cuerpo! ¡Qué sabias y previsoras fuisteis al cubriros la espalda con un impenetrable escudo! ¡Ay, un nudoso garrote ha surcado la mía!

CORO.

¿Qué sucede, niño? Porque hasta al más anciano hay derecho para llamarle niño, cuando se deja pegar.

JANTIAS.

Sucede que nuestro viejo es la peor de las calamidades. Ha sido el más procaz de todos los convidados, y cuenta que allí estaban Hipilo, Antifonte, Lico, Lisístrato, Teofrasto, y Frínico; pues sin embargo, a todos los dejó tamañitos su insolencia. En cuanto se atracó de los mejores platos, empezó a bailar, a saltar, a reír, a eructar como un pollino harto de cebada, y a sacudirme de lo lindo, gritándome: «¡Esclavo, esclavo!» Lisístrato, al verlo así, le lanzó esta comparación: «Anciano, pareces un piojo resucitado o un burro que corre a la paja.» Y él, atronándonos los oídos, le replicó con esta: «Y tú te pareces a una langosta, de cuyo manto se pueden contar todos los hilos[200] y a Esténelo[201] despojado de su guardarropa.» Todos aplaudieron, menos Teofrasto, que se mordió los labios como hombre bien educado. Entonces, encarándosele nuestro viejo, le dijo: «Di tú, ¿a qué te das tanto tono, y te las echas de persona? Ya sabemos que vives a costa de los ricos a fuerza de bufonadas.» Así continuó dirigiendo insultos semejantes a todos, diciendo los chistes más groseros, cantando historias necias e importunas. Después se ha dirigido hacia aquí, completamente ebrio, pegando a cuantos encuentra. Mirad, ahí viene haciendo eses. Yo me largo, para evitar nuevos golpes.