EL JOVEN.

No, por todos los dioses: mejor es un mal que dos.

VIEJA TERCERA.

Por Hécate, quieras o no, así ha de ser.

EL JOVEN.

¡Negro infortunio! ¡Permanecer todo el día y toda la noche en brazos de una vieja hedionda, y para fin de fiesta caer de nuevo entre los de esa rana cuyas mejillas parecen dos alcuzas![537] ¿Hay desgracia como la mía? Sin duda nací con mal sino, pues tengo que nadar entre estos monstruos. Si algún mal me sucede al navegar sobre estas fétidas letrinas, acordaos de sepultarme bajo el mismo dintel de la puerta; y a la que me sobreviva untadle todo el cuerpo de hirviente pez. Cubridla hasta el tobillo de fundido plomo, y colocadla sobre mi tumba, a guisa de lámpara funeraria.[538]


UNA CRIADA.[539]

¡Qué felicidad la del pueblo ateniense! ¡Qué felicidad la mía! ¡Y, sobre todo, qué felicidad la de mi señora!

¡Felices todos vosotros, vecinos y conciudadanos, y cuantos estáis a nuestras puertas; y feliz con ellos yo, simple sirvienta, que he llenado mi cabellera de perfumes! ¡Y qué exquisitos, Júpiter soberano! Pero el perfume de las ánforas llenas de vino de Tasos es más exquisito todavía; este aroma se conserva largo tiempo, los otros se desvanecen en seguida. ¡Sí, excelsos dioses, el perfume de las ánforas es mil y mil veces preferible! ¡Echadme vino! Echadme; pues alegra toda la noche a la que ha sabido elegirlo. — Pero, amigas, decidme dónde está mi dueño, el marido de mi señora.