Unánimes pedimos que se cumplan nuestros votos en favor del pueblo y la república, y que, como es justo, se otorgue la victoria a las que den mejores consejos. Las que cometen fraudes y violan los más sagrados juramentos en provecho propio y daño del común; las que tratan de derogar las antiguas leyes y decretos promulgando otros nuevos; las que revelan nuestros secretos a los enemigos, e introducen a los Medas en nuestro país para arruinarlo, esas son impías y enemigas de la patria. Acoge tú nuestras preces, omnipotente Júpiter, para que, aunque somos mujeres, nos sean propicios los dioses.
EL HERALDO.
Escuchad todas. «El Consejo de las mujeres, siendo presidente Timoclea, secretario Lisila, y Sóstrata orador,[67] ha decretado: Que mañana día del medio de las Tesmoforias, por ser el más desocupado, se destine ante todo a deliberar sobre el castigo que debe imponerse a Eurípides, por sus ultrajes a todas.» ¿Quién pide la palabra?[68]
MUJER PRIMERA.
Yo.
EL HERALDO.
Pues ponte esa corona antes de hablar.[69]. Callad. ¡Silencio! ¡Atención! Ya escupe, según acostumbran los oradores. Parece que el discurso va a ser largo.
MUJER PRIMERA.
No es la ambición, ¡oh mujeres!, lo que me mueve a usar de la palabra, os lo juro por las diosas. Muéveme solamente la indignación que me sofoca al veros vilipendiadas por Eurípides, ese hijo de una verdulera.[70] ¿Qué ultrajes hay que no nos prodigue? ¿Qué ocasión de calumniarnos desperdicia, en cuanto tiene muchos o pocos oyentes, actores y coros? Nos llama adúlteras, desenvueltas, borrachas, traidoras, charlatanas, inútiles para nada de provecho, peste de los hombres; con lo cual cuando nuestros maridos vuelven del teatro nos miran de reojo, y registran la casa para ver si hay oculto algún amante. Ya no nos permiten hacer lo que hacíamos antes: ¡tales sospechas ha inspirado ese hombre a los esposos! ¿Se le ocurre a una de nosotras hacer una corona? Ya la creen enamorada.[71] ¿Se deja otra caer una vasija al correr en sus domésticas faenas? El marido pregunta en seguida: «¿En honor de quién se ha quebrado esa olla?, sin duda del extranjero de Corinto.»[72] ¿Está enferma alguna joven? Su hermano dice al punto: «No me gusta el color de esa muchacha.»[73] Si una mujer que no tiene hijos quiere suponer un parto, ya no puede hacerlo, porque los hombres nos vigilan de cerca. Para con los viejos que antes contraían matrimonio con jóvenes, también nos ha desacreditado, y ninguno se casa después de haber oído aquel verso:
«La esposa es reina del marido anciano.»[74]