Él es asimismo la causa de que nos cierren con cerrojos y sellos,[75] y tengan para guardarnos esos perrazos molosos,[76] terror de los amantes. Y esto, pase; pero ahora no podemos, como antes, sacar nosotras mismas de la despensa harina, aceite y vino; pues nuestros maridos llevan siempre consigo no sé qué condenadas llavecitas lacedemonias,[77] secretas y de tres dientes. Sin embargo, aún hubiéramos podido abrir las puertas más selladas, mandándonos hacer por tres óbolos un anillo con la misma marca; pero ese maldito Eurípides, perdición de las familias, ha enseñado a los hombres a llevar colgados del cuello complicadísimos sellos de madera.[78] Creo, por consiguiente, que es necesario librarnos a toda costa de ese enemigo, dándole muerte con veneno u otro medio cualquiera. Eso es lo que digo en alta voz; lo demás lo haré constar en el registro del secretario.

CORO.

Nunca he visto mujer más hábil y elocuente; todo lo que dice es justo; ha examinado la cuestión bajo todos sus aspectos y los ha pesado todos. Su argumentación es nutrida, sagaz y selecta; de suerte que si al lado de ella perorase Jenocles,[79] hijo de Cárcino, os parecería, a mi modo de ver, que solo decía vaciedades.

MUJER SEGUNDA.

Habiendo abarcado perfectamente la preopinante todos los extremos de la acusación, diré muy pocas palabras, concretándome a manifestaros lo que a mí misma me sucede. Murió mi marido en Chipre, dejándome cinco hijos pequeños, a los que sostenía a duras penas, haciendo coronas en la plaza de los Mirtos.[80] Con este recurso vivía así, así, es verdad; pero al fin vivía: pues bien, desde que ese hombre en sus tragedias ha demostrado al público que no existen los dioses,[81] no vendo ni la mitad que antes.[82] Por lo cual opino y os aconsejo que no dejéis de castigarle: sobran causas para ello, pues siempre, amigas mías, nos está ultrajando con la grosería propia del que se ha educado entre legumbres. Yo voy a la plaza; tengo que hacer veinte coronas que me han encargado.

CORO.

Sus palabras han sido más mordaces que las del primer discurso. ¡Qué gracia! ¡Qué oportunidad! ¡Qué agudeza y qué astucia! Todo es claro y convincente. Sí, es necesario imponerle una pena ejemplar por sus ultrajes.

MNESÍLOCO.

No me asombra, oh mujeres, que tales acusaciones os irriten vivamente contra Eurípides, y hagan hervir vuestra bilis. Yo misma, os lo juro por la salud de mis hijos, yo misma detesto a ese hombre, pues sería menester estar loca para no aborrecerle. No obstante, conviene que tengamos en confianza algunas explicaciones; ahora estamos solas, y no hay miedo de que nuestras palabras se divulguen. ¿Por qué le acusamos, por qué le hacemos gravísimas inculpaciones solo por haber revelado dos o tres de nuestros defectos, cuando los tenemos innumerables? Yo misma, para no hablar de otras, me reconozco culpable de muchísimos pecados; el más grave lo cometí a los tres días de casada: mi marido dormía a mi lado; yo tenía un amante, que me había seducido a la edad de siete años: el tal, arrastrado por su amor, vino a la puerta de mi casa y la arañó suavemente. Yo comprendí en seguida, y bajé con precaución: mi marido me preguntó: «¿Adónde vas? — ¿Adónde? le respondí; siento dolores y retortijones de vientre y bajo al excusado. — Anda, pues», me dijo. Él se puso a majar semillas de cedro, anís y salvia,[83] y en tanto yo, después de tomar la precaución de mojar los goznes,[84] me reuní a mi amante, y apoyada sobre el altar del pórtico,[85] y agarrándome al tronco del laurel, me entregué a sus deseos. Sin embargo, notadlo bien, nunca Eurípides ha hablado de esto, ni de nuestras complacencias con los esclavos y muleteros cuando faltan amantes, ni de que después de haber pasado una noche de libertinaje, acostumbramos a comer ajos[86] a la mañana, para que al volver el marido de su guardia no conciba la menor sospecha. ¿Lo veis? De esto nunca ha dicho nada. Si maltrata a Fedra, ¿qué se nos importa? En cambio nunca ha hablado de esas mujeres que despliegan a la luz un gran manto, y mientras el marido admira los primores del trabajo, el galán logra escurrirse a favor de la estratagema. Yo conocí a una que estuvo diez días fingiendo dolores de parto hasta comprar una criatura. Su esposo, en tanto, corría por toda la ciudad en busca de medicinas para acelerar el alumbramiento. Una vieja le trajo al fin, metido en una olla, un niño con la boca tapada con cera para que no gritase: entonces, a una señal de su cómplice, la mujer empezó a gritar: «Vete, marido mío, vete que ya voy a parir.» La criatura, en efecto, pegaba pataditas en el vientre... de la olla. Él se retiró tan contento; ella le quitó el taponcillo de cera, y el niño principió a llorar. Entonces la maldita vieja que lo había traído, corrió al esposo y le dijo sonriendo: «Un león, un león te acaba de nacer; es tu vivo retrato, se te parece en todo.»[87] ¿No es verdad que cometemos estas perfidias? Sí, por Diana. ¿Entonces a qué irritarnos contra Eurípides porque dice de nosotras menos de lo que en realidad hacemos?[88]

CORO.