Sixto, tendido en su lecho boca arriba con los ojos cerrados, escuchaba en silencio aquellas groseras recriminaciones y en su rostro pálido y contraído se adivinaba el sentimiento de vergüenza que le embargaba.
Quise concluir con su tormento y dando un paso hacia ellos dije con energía:
—Señores, el estado del enfermo no permite discusiones ni que se le altere poco ni mucho. El médico ha prescrito un gran silencio y yo les ruego, si no quieren ocasionar una funesta complicación, que se retiren y le dejen tranquilo.
Aunque gruñendo todavía, se rindieron a mi dictamen. Cuando iban a traspasar la puerta, Sixto abrió los ojos, inclinó un poco hacia ellos la cabeza y les llamó suavemente con el borde de los labios:
—Pss, pss.
Los dos ebanistas se acercaron al lecho. El padre permaneció alejado.
—Pierdan ustedes cuidado—les dijo con voz apagada—. Sólo por darles gusto llegaré a ministro.
Los periódicos habían dado la noticia aquella mañana. En la mayoría de ellos venía concisa y escueta: sólo la apuntaban como uno de los sucesos del día anterior. Pero en algunos se añadían al nombre de Moro algunas frases lisonjeras; se decía que el joven que había tratado de quitarse la vida era conocido ventajosamente en los Círculos forenses y que gozaba ya de envidiable fama de orador en la Academia de Jurisprudencia.
Por la noche fuí a casa del General a enterarme del viaje de los novios y aquél me interpeló bruscamente con su rudeza simpática:
—¿Pero qué diablo ha sido lo de tu amigo? ¿Por qué ha querido matarse?