Se le dejó descansar, y yo, previa consulta con Doña Encarnación y mis compañeros, telegrafié a su padre. Al día siguiente por la mañana se presentó éste con sus dos cuñados, los mismos que habían subvencionado a la carrera de Sixto.
La escena que se desarrolló en mi presencia fué penosa y risible al mismo tiempo. Su padre, hombre muy rudo, se manifestó sinceramente afectado y le prodigó algunas tiernas caricias; pero sus tíos, alterados hasta un grado indecible, furiosos, comenzaron a recriminarle amargamente.
—¿Es posible que un muchacho de talento como tú, que acaba de terminar su carrera, que ha ganado tantos premios, que tiene un gran porvenir asegurado, cometa la bestialidad de pegarse un tiro?... ¿Por qué, vamos a ver, por qué?
—Cuando comenzabas a ganar algún dinero.
—Nosotros teníamos puesta toda nuestra confianza en ti.
—No es manera de agradecer los muchos sacrificios que por ti hemos hecho.
—Bien sabes que nos hemos quitado el pan de la boca por que tú fueses un caballero.
—Todo cuanto podíamos juntar ha sido para pagarte los estudios.
—No es por echártelo en cara, pero los duros que contigo hemos gastado harían un buen montón si los tuviéramos juntos.
—¿Te ha faltado la buena comida? ¿Te ha faltado la buena cama? ¿Te ha faltado la camisa planchada y la corbata de seda y el reloj de plata y la peseta en el bolsillo?... Entonces ¿por qué quitarse del medio?