Me dirigí velozmente a su habitación. Estaba llena de gente; el médico de la Casa de Socorro, otro que habitaba en el cuarto principal, el juez, su secretario, los Mezquita, Albornoz y algunos vecinos. Los médicos se hallaban ocupados en extraerle la bala y el herido había perdido el conocimiento. El juez esperaba que lo recobrase para tomarle declaración.

Hacía poco más de una hora, esto es, a la misma poco más o menos en que se celebraba la unión de Natalia, Moro acostado sobre su propio lecho se había dado un tiro apoyando el cañón del revólver sobre el corazón. Felizmente, la bala no penetró en éste: había desviado un poco y quedó alojada en el hombro.

La operación se prolongaba. Afligidos y aterrados por aquel suceso extraño, los huéspedes, sus compañeros, cambiábamos algunas palabras en voz baja.

—Pero ¿por qué se ha querido matar? ¿Tú lo sabes?—me preguntaba al oído Manuel Mezquita.

—No—le respondí.

—No será por la falta de recursos. Su posición ha mejorado en estos últimos tiempos.

—Acaso algunos amores desgraciados—dijo Albornoz apuntando al blanco.

—No le conozco novia.

—Será una mujer casada—replicó apartándose ya mucho.

Al cabo recobró el sentido: la operación estaba terminada. Paseó por la estancia sus ojos extraviados y al tropezar con los míos sus labios quisieron contraerse con una sonrisa triste. El juez le hizo algunas preguntas a las cuales respondió con pocas y espaciadas palabras ratificándose en lo que había escrito en un papel que se hallaba sobre su mesa. Nadie le había herido. Se había querido dar la muerte por su propia voluntad. No quiso explicar los motivos.