Natalia, por su parte, no había puesto obstáculo alguno. Tanto por el apasionado amor que había logrado inspirarle aquel hombre como por el vivo sentimiento que tenía de sus deberes le hubiera seguido a sitios peores.
Poco después de los novios me trasladé yo con el General y Guadalupe en su coche a la estación y con algunos íntimos tuve la satisfacción de decirles adiós. Desde allí, por fin, cuando ya había cerrado la noche me volví a pie a casa.
¡Grave, terrible sorpresa al llegar! En la escalera tropecé con alguna gente que bajaba precipitadamente. La puerta de nuestro piso estaba abierta y en ella vi a un guardia de orden público.
—¿Qué pasa?—le pregunté asustado—. ¿Hay fuego?
—Nada de eso. Es un señor que acaba de darse un tiro—me respondió con glacial indiferencia.
No dudé un instante de quién era aquel señor y entré corriendo por el pasillo, donde tropecé con Doña Encarnación, cuyo semblante desencajado denotaba la emoción que la embargaba.
—¿Moro?—le pregunté con ansiedad.
-¡Sí, sí!
—¿Está muerto?
—No, señor; pero su herida es gravísima.