—Pues salúdale de mi parte y dile que tanto papá como yo tendríamos un placer en que asistiese a la ceremonia el día de mi matrimonio.

Yo me sentí repentinamente afligido y no pude menos de replicarle con cierta amargura:

—¡Natalia, esa invitación es la única que no debieras hacer!

Se puso fuertemente encarnada y después de un instante de vacilación me dijo en el tono resuelto que la caracterizaba:

—Tienes razón. No le digas nada.

Y pasó inmediatamente a hablar de otra cosa.

Llegó por fin el día fijado para la boda. Era el 2 de febrero, fiesta de la Purificación. Celebróse por la tarde en la capilla de uno de los asilos que rodean a Madrid adornada para el caso con profusión de luces, cortinas y flores. Bendijo la unión un canónigo de Toledo, amigo íntimo del General. Fué madrina Guadalupe y padrino el presidente del Consejo de ministros. Testigos por parte de la novia, el ministro de la Gobernación y dos generales; por la del novio, el marqués de C... y dos oficiales de caballería pertenecientes a la más alta aristocracia.

Los desposados entraron en el pequeño templo a los acordes de una marcha nupcial. Eran dos figuras interesantes que desde luego atraían la vista y cautivaban los corazones. Natalia, radiante de hermosura y de dicha, sonreía a los asistentes, que se inclinaban a su paso. Céspedes, cuya prócer estatura se destacaba arrogante, vestía el uniforme de gala de su regimiento y estrechaba con militar franqueza las manos que sus amigos le tendían. Mucha gente y muy escogida perteneciente casi toda ella a la política y a la milicia presenció la ceremonia. Después, en uno de los grandes salones del asilo, se sirvió un refresco a los invitados. Natalia y Céspedes se sustrajeron disimuladamente, montaron en coche y se trasladaron a casa para cambiar de ropa y tomar el tren que debía conducirles al Monasterio de Piedra, donde se había convenido que pasarían ocho días.

También se había convenido que transcurrido este tiempo volviesen a Madrid y se hiciesen los preparativos necesarios para trasladarse a la Isla de Cuba, donde Céspedes estaba destinado. Porque el General había logrado que su yerno marchase a la Habana con el empleo inmediato de comandante y a las órdenes del Capitán general.

No dejará de parecer sorprendente que Reyes se desprendiese voluntariamente y tan pronto de su única hija. Sin embargo, las razones son fáciles de comprender. El General había llegado a percibir con toda claridad que existía siempre un odio latente entre Natalia y Guadalupe y que este odio era irreductible. Su pasión desaforada por ésta le impulsaba a librarla de la presencia de su hijastra sacrificando al amor conyugal el paternal. Por otra parte, no podía ignorar la conducta hasta entonces desordenada de Céspedes, sus vicios y sus trampas. Y aunque como hombre de mundo, un poco desarreglado también y aventurero, no diese a esto importancia exagerada y pensase que el matrimonio lograría reformarle, tal vez juzgara oportuno alejarle lo más posible del teatro donde se habían representado sus calaveradas. Además, sabía bien que Céspedes ya no tenía fortuna, que él no podía ayudarle mucho porque la suya pertenecía de derecho a su mujer, y que era de todo punto necesario empujarle en su carrera.