—Eso consiste en que no frecuentas los burdeles y casas de juego... ¡Te felicito por ello!—añadió riendo—. Rodrigo Céspedes es una «bala perdida». Pertenece a una buena familia. Jugó y perdió el pequeño patrimonio que le dejó su madre, jugó después la herencia algo más cuantiosa de una tía y es capaz de jugarse las pestañas. Además, entre sus compañeros pasa por un mal sujeto.
Quedé sorprendido y contristado.
—Pues se va a casar el mes próximo con la hija única de Reyes.
—Pues es bien lamentable. Como el General no le meta en cintura, seguramente le ha de ocasionar serios disgustos.
Esta noticia, que vino a dar la razón a mis instintivos recelos, comenzó a pesarme en el alma. Ya no se trataba de Sixto Moro, sino de la misma Natalia, a la cual cada día profesaba mayor afecto. Su rectitud y firmeza se aliaban dichosamente a un corazón sensible y tierno como pocos. El defecto que en ella se descubría era una impetuosidad exagerada; pero este defecto, lejos de rebajarla a mis ojos, le prestaba un nuevo atractivo. Su espontaneidad infantil me hacía reír no pocas veces. ¿Cómo no deplorar que aquella delicada criatura cayese en manos de quien no supiese estimarla? Además, si aquel hombre se hallaba arruinado, si no contaba con otros recursos que los de su carrera, Natalia estaba destinada a padecer las molestias de una vida sórdida después de haber gozado hasta entonces de otra lujosa y regalada.
Tales eran los pensamientos mortificantes que me asaltaban mientras proseguían cada vez más activos los preparativos de la boda.
Durante este tiempo Sixto mostraba una actitud singular, que no dejaba igualmente de preocuparme. Le observaba grave, silencioso y más irritable que antes. Pero lo que me disgustaba sobremanera es que parecía huir de mí como si yo hubiese tenido alguna parte en su infortunio amoroso. No me hablaba de Natalia, ni siquiera mentaba su nombre; yo tampoco aludía directa ni indirectamente a lo que en casa del General estaba ocurriendo.
Un día, hallándome un momento a solas con Natalia, ésta me dijo, afectando una indiferencia que no sentía:
—Pero ¿qué es de tu amigo Moro? Hace un siglo que no le veo. ¿Ha perdido su antigua afición al teatro? En ninguno he logrado echarle la vista encima hasta ahora.
—Moro está muy ocupado—le respondí—. El bufete de Ergueta, cuyo peso lleva casi enteramente, y algunos negocios particulares que comienzan a salirle absorben todo su tiempo.