¿Provenía del afecto que le inspiraba su hijastra o por el contrario del deseo de perderla de vista? Esta es la duda que se alojaba en mi mente en presencia de tanta alegría. Porque Natalia acababa de cumplir diez y seis años. Su edad no reclamaba afán por lanzarla al matrimonio: al contrario, me parecía que sus padres debieran considerarlo con cierto recelo y tristeza.
La satisfacción era general y la de Natalia le impedía ver las impurezas que tal vez existiesen en la de los otros. Era imposible dudar de su amor: aquel gallardo joven había conseguido apasionarla con todo el ímpetu de los pocos años y de un temperamento extremadamente afectuoso. Se podía asegurar que ya no vivía más que para él, que el mundo entero había desaparecido delante de sus ojos extasiados.
Rodrigo de Céspedes poseía todas las cualidades capaces de seducir a una niña: arrogante figura, modales distinguidos, fama de bravo y una cierta condescendencia displicente que, como signo de elevada alcurnia, rara vez deja de fascinar a las mujeres. Además, era como Natalia un músico consumado. Este nuevo lazo introducido entre ellos contribuía más de lo que pudiera pensarse a estrecharlos. Rodrigo tocaba el violín y poseía una agradable voz de barítono. Las noches se deslizaban gratamente en compañía de estos jóvenes, que cuando no celebraban apartes misteriosos se complacían en hacernos oír hermosos trozos de música. Céspedes interpretaba con el violín algunas piezas de concierto acompañado al piano por Natalia. Otras veces era ésta quien nos dejaba oír las sonatas de Beethoven o los nocturnos de Chopin. Otras, en fin, Rodrigo cantaba alguna romanza de ópera o alguna canción española.
Recuerdo una de éstas cuya letra comenzaba:
Mal haya la ribera del Yumurí
y aquella matancera que en ella vi.
Era una canción de la isla de Cuba, graciosa y lánguida. Céspedes la cantaba primorosamente, y como lo sabía y se le festejaba la cantaba a menudo.
Sin embargo, aquel hombre no había logrado hacérseme simpático. Su eterna sonrisa era más sarcástica que amable y sus ojos de un azul acerado carecían de dulzura. Hasta quise observar en ellos, en ciertos momentos, reflejos siniestros como los de las bestias feroces. Pero todo esto podía achacarse, y yo no dejaba de achacarlo sinceramente, a la amistad ya entrañable que me unía a Sixto Moro. El hombre que había venido a destruir sus ilusiones y le había herido tan profundamente en el corazón no debía obtener mi beneplácito.
La casualidad vino a justificar mi antipatía. Una tarde paseando por el Retiro en compañía de un teniente de artillería paisano y amigo mío cruzó a nuestro lado Rodrigo Céspedes galopando en su caballo. Me hizo un ligero saludo y mi compañero me preguntó sonriendo:
—¿De qué conoces a ese perdis?
—Es el novio de la hija del general Reyes... No sabía que fuese un calavera.