—Pues bien, hay un joven que desde este verano le hace la corte.

—¿Un individuo alto con bigote rubio?

—Sí.

—¿Quién es?

—Un capitán amigo de Grimaldi, que fué quien lo ha presentado en la casa.

Quedó silencioso y pude observar su rostro pálido a la luz de la bujía que yo había encendido.

—Está bien, Jiménez. Muchas gracias y perdona.

Giró sobre los talones y se fué cerrándome la puerta. Yo apagué la luz y me entregué de nuevo al sueño pensando que mi pobre amigo no lograría conciliarlo aquella noche.

Las relaciones amorosas de Natalia se prosiguieron con celeridad sorprendente. Dos meses después de llegar a Madrid hubo síntomas declarados de matrimonio. Observé movimiento inusitado en la casa del General, entrada y salida de viajantes de comercio, dibujos y muestras de bordados sobre las mesas, frecuente aparición de grandes paquetes, etc.

Quise también advertir que se había operado una cierta reconciliación entre Natalia y Guadalupe. Esta tomaba parte activa en los preparativos, recorría los comercios en compañía de Natalia, celebraba conferencias transcendentales con las modistas, con los joyeros. Parecía satisfechísima de aquella boda.