Sin embargo, hacía ya algunos días que la familia del General había llegado a Madrid y nadie se había ocupado de enviar a Moro un mensaje haciéndoselo saber, reclamando de nuevo sus servicios. Con esto empezó a mostrarse sorprendido e inquieto; no sabía a qué atribuír tal omisión. ¡Ay! yo lo supe bien pronto. El primer día que fuí a comer con ellos me encontré con un joven de agradable figura instalado cerca de Natalia y hablando con ella en íntimos apartes. No dudé un punto que era su novio. Vi también claramente que este novio era aceptado por el General. Después advertí que Guadalupe y el mismo Grimaldi no sólo veían con buenos ojos aquella relación, sino que la aplaudían y la alentaban por todos los medios.

Aquel joven se llamaba Rodrigo de Céspedes. Era aragonés como Reyes y Grimaldi; pertenecía a una aristocrática familia; huérfano de padre y madre y capitán del ejército. Entendí que había sido presentado por Grimaldi en San Sebastián. Por lo tanto, sus relaciones con Natalia databan de poco tiempo. No por eso menos estrechas: entraba en la casa a cualquier hora como prometido oficial y todos en ella le festejaban a porfía. Su figura cautivaba a primera vista. Era alto, esbelto, tenía el cabello rubio y los ojos azules. Su rostro, no obstante, había perdido ya la frescura juvenil. Era hombre que en la apariencia pasaba algunos años de los treinta.

No me atreví a descubrir a mi pobre amigo tan lamentable noticia. Esperé que el azar se lo hiciese saber. Me había encargado el primer día que fuí a comer en casa de Reyes que averiguase discretamente si Natalia tenía pensado continuar sus lecciones. Se lo pregunté a Guadalupe y ésta me contestó riendo:

—¡Oh! Natalia no tiene tiempo ahora a hablar en francés. ¡Habla demasiado en español!

Y me señaló con los ojos a la niña que en un rincón del gabinete charlaba animadamente con su novio.

No se pasaron muchos días sin que Moro se enterase de la ruina de sus esperanzas. Una noche, hallándome ya en la cama, llamó a la puerta de mi alcoba.

—Perdona que te haya despertado—me dijo con voz trémula—. Es cosa para mí importantísima... ¿Tú sabes si Natalia tiene novio?

Quedé confuso sin saber qué responder.

—No te lo puedo decir.

—Sí me lo puedes decir... ¡Habla!