No quise comunicar a Moro una palabra acerca de tan penosa escena. Ni aun le hice saber que Natalia se hallaba indispuesta para que ésta no sospechase que habíamos hablado de ella. Le dejé ir como todos los días a su tarea y me hice de nuevas cuando me dijo que no se le había recibido por hallarse su discípula enferma.
No lo estuvo más de tres o cuatro días. Sixto volvió a sus conferencias, y ella, que adivinó mi discreción, me lo agradeció visiblemente. Se mostró conmigo tan afectuosa, que no pude menos de perdonarle su feo comportamiento con Guadalupe. Por otra parte, no debo ocultar que ésta se me había hecho sospechosa y que mi adoración descendía rápidamente como la columna de mercurio de un termómetro cuando se le aplica un pedazo de hielo.
Con Moro se mostró también aquellos días, por lo que éste me dejó entender, cariñosa y familiar en extremo. Principió a mantener con él conversaciones más íntimas que las que les proporcionaban los fríos temas que elegían. Le habló de sí misma, de sus años de colegio, le contó algunas anécdotas de aquellos tiempos. Luego mostró también interés por la existencia privada de su profesor, le hacía preguntas acerca de sus estudios, le excitaba a comunicarle sus esperanzas, le alentaba a concebirlas y le auguraba con ostensible satisfacción un brillante porvenir.
Puede alcanzarse la impresión que estas señales de aprecio producían en mi amigo. Vivía en éxtasis perpetuo, y aunque se guardaba de comunicarme sus ocultos pensamientos, yo advertía que éstos subían precipitadamente a las más altas cúspides de la felicidad. ¡Quién sabe lo que soñaba en aquellos días el buen Moro!
Sin embargo, yo conocía las secretas influencias bajo las cuales el corazón de Natalia se abría a un afecto más vivo hacia mi amigo. La pobre niña se sentía menos amada de su padre y cada día más aislada dentro de su propia casa. El General se mostraba con ella reservado: hacía esfuerzos visibles por olvidar la escena pasada, pero como advertía que Natalia no la olvidaba y que sus relaciones con Guadalupe eran cada día más frías, el desabrimiento que esto le producía le brotaba al rostro por momentos. En cuanto a Guadalupe, bien pude observar que la huía y que manifestaba hacia ella, cuando le era indispensable comunicarse, una cortesía exagerada, jamás el natural abandono de la familia.
Nos hallábamos ya en el mes de Mayo. Llegaron los exámenes y de nuevo nos diseminamos. Fuí a reunirme con mi familia. El General con la suya se marchó poco después a veranear, como siempre, a San Sebastián. Moro quedó en Madrid. Desde aquí me hizo saber que se comunicaba a menudo y regularmente con Natalia por medio de cartas redactadas en francés. Era un medio muy adecuado para continuar sus lecciones prácticas sobre este idioma.
Cuando llegué a Madrid en los últimos días de Septiembre la pasión de Moro había crecido tan formidablemente, que me inspiró un poco de temor. El viento que la había hecho adquirir tal violencia era el que soplaba de San Sebastián encerrado en las cartitas mencionadas. Sixto ardía en deseo de comunicármelas, pero me hizo jurar que no me daría por enterado de ellas con Natalia. Las leí con interés y pronto me cercioré de que Moro, utilizando el pretexto de la enseñanza, iba solapadamente deslizando en las suyas lo que guardaba en su corazón.
Las primeras trataban de asuntos indiferentes: Natalia le daba noticias de sociedad, le hablaba del tiempo, de su vida exterior. Después comenzaba a responder ingenuamente a ciertas preguntas un poco más hondas que su profesor formulaba; más tarde daba las gracias por sus frases lisonjeras: «Monsieur, vous êtes trop aimable. Monsieur, je vous remercie infiniment de votre opinion trop flatteuse.» Luego correspondía con palabras cordiales al afecto que Moro le daba a conocer en sus epístolas. Por fin, el tono de éstas debió de subir algo de punto porque Natalia se mostraba más reservada y le llamaba dulcemente al orden. En una de las últimas, si no era la última, se advertía que, apremiada por las palabras vehementes de su profesor, se veía obligada a responder a una verdadera declaración de amor. Y lo hacía con un tacto y una indulgencia maravillosas.
Lo que pude colegir de estas cartas, a pesar de sus reticencias afectuosas, fué que Natalia rechazaba la pasión de mi amigo, si bien, con la nobleza que caracterizaba su espíritu, la agradecía y la estimaba. Esto era lo que exigía el orden natural de las cosas. Lo demás sería el comienzo de una novela romántica, a la cual no se prestaba la naturaleza equilibrada de aquella niña.
Pero esto que a mí se me ofrecía perfectamente claro y lo sería para cualquiera persona despreocupada, Sixto lo hallaba envuelto en una gasa mágica al través de la cual divisaba perspectivas grandiosas y paisajes seductores. Aunque hice lo posible por echar un poco de agua al vino y reprimir su entusiasmo, era éste tan vehemente, que mis sensatas reflexiones no lograron más que mortificarle. Su razón perspicaz se hallaba ausente por el momento; hablaba con tanto fuego y tal incoherencia acerca de lo que él suponía ya sus amores, que a cualquiera haría reír. ¡Cuánto hubiera reído él mismo y cuánto donaire hubiera brotado de sus labios, de haber observado aquella locura en otro! Los hombres que advierten velozmente el ridículo en los demás no son los que con menos facilidad caen en él.