Tirada en el suelo siguió riendo cada vez con más fuerza.

—¿Ríes, ríes, miserable? ¡Te voy a aplastar como una víbora!

Hizo ademán de levantar el pie sobre ella y entonces nos precipitamos todos a sujetarle. Grimaldi estaba blanco como un papel. La fisonomía de Guadalupe tan descompuesta igualmente que parecía un cadáver.

—¡Dejadme, dejadme!—gritaba el General—. Yo me he tenido la culpa por haber mimado tanto a una criatura ingrata, a una perversa que se goza hiriendo a su padre en el corazón.

La risa de Natalia se fué haciendo cada vez más fuerte y convulsiva. Entonces comprendimos que sufría un ataque de nervios y acudimos a ella. Yo la levanté entre mis brazos y ayudado por Grimaldi y una doncella la transportamos a su cama.

El ataque fué pavoroso. A la risa sucedieron los gritos, las fuertes contracciones, la retorsión de los brazos y la cabeza. Con dificultad podíamos impedir que se destrozase contra la pared y la madera de la cama. La doncella trajo un frasco con éter y empapando un pañuelo se lo hicimos aspirar, pues no era posible en aquel estado que tragase algunas gotas. Guadalupe ordenó a un criado que montase en el coche enganchado a la puerta y envió por el médico.

Mientras tanto, el General, convulso, con el rostro congestionado hasta el punto de hacer temer una apoplejía, desahogaba todavía su cólera no extinguida con palabras incoherentes, dando paseos agitados.

Cuando el médico llegó, el ataque ya había cedido. Ordenó unos sinapismos y una poción calmante y encargó completa tranquilidad, no dando importancia al accidente.

A mi entender la tenía muy grande. Aquella noche me desperté varias veces agitado por tristes presentimientos.

XIII
FIN DESASTROSO DEL IDILIO ROMÁNTICO DE MI AMIGO SIXTO MORO