Una ola de sangre subió al rostro del General.
—¡Cómo! ¿Qué es lo que acabas de hacer, insolente? ¡Recoge esos guantes!
Natalia permaneció inmóvil y mirando cara a cara a su padre. Una sonrisa sarcástica se dibujó en su rostro pálido.
Los ojos del General chispearon de furor y abalanzándose a ella vociferó:
—¡Recoge esos guantes y entrégalos de rodillas!
Natalia permaneció en la misma inmovilidad orgullosa mirando a su padre con una extraña intensidad que infundía miedo.
—¡De rodillas! ¡De rodillas, malvada!—gritó Reyes agarrándola por el brazo y sacudiéndola furiosamente.
Natalia hizo un gesto de dolor. Los dedos de su padre debían clavársele como unas tenazas; pero inmediatamente comenzó a reír.
—¿Te ríes, infame?... ¿Te ríes?... ¡De rodillas!
Le dió tan fuerte sacudida que la niña chocó ruidosamente con el pavimento.