Natalia quedó silenciosa. Don Luis y yo seguimos charlando. Transcurrieron algunos minutos y Grimaldi no aparecía. Natalia se puso en pie y salió de la estancia. Poco después volvió a entrar seguida de Guadalupe y Grimaldi. Quise observar en el rostro de los tres señales de turbación. El de Natalia terriblemente fruncido como jamás lo había visto.

El General recibió a su amigo con la misma ruidosa alegría de siempre. Grimaldi estaba un poco pálido y sus manos temblaban ligeramente; pero un instante después recobró su aplomo, y con el tono frío y grave que caracterizaba su conversación la empeñó con Reyes y su esposa. Ésta parecía más turbada y advertí que disimuladamente seguía con la vista a Natalia y su mirada era humilde y tímida.

Cuando nos levantamos y nos dispusimos para marchar, Guadalupe tomó la delantera. Hallándose ya en el pasillo exclamó:

—¡Ah, mis guantes! Se me olvidaron sobre la mesa.

—Natalia, recoge esos guantes y tráelos—dijo el General a su hija, que se había quedado un poco rezagada.

Ésta, como si no oyese, siguió caminando. Don Luis repitió con impaciencia:

—¿No has oído? Trae los guantes de Guadalupe, que están sobre la mesa.

Natalia los tomó con lento ademán, y dirigiéndose a Guadalupe dijo con acento desdeñoso:

—Ahí los tienes.

Y se los arrojó, sin entregárselos en la mano. Los guantes cayeron en el suelo.