Yo aprobé de corazón las nobles palabras de aquella niña, pero guardé silencio.

Desde hacía algún tiempo había observado que el temperamento naturalmente impetuoso de Natalia se había irritado un poco. Si en conversación particular conmigo era siempre franca y cariñosa, cuando nos hallábamos reunidos en familia se mostraba más concisa en sus palabras y más dura en sus observaciones. Sobre todo, notaba perfectamente que al dirigirse a Guadalupe lo hacía empleando las menos palabras posibles y muchas veces sin mirarle a la cara. Hacía ya algunos meses que no las había visto juntas en la calle. Guadalupe salía a menudo con una amiga de la colonia americana y Natalia con una señora viuda de un amigo y compañero del General, a quien éste protegía.

Puede inferirse que aunque Natalia me fuese extremadamente simpática y aún hubiera llegado a inspirarme un afecto casi fraternal, no podía menos de reprobar aquella actitud altanera y agresiva que por días iba creciendo. ¿Por qué serán tan pocas veces cordiales las relaciones entre hijastras y madrastras?—me preguntaba—. ¿Será porque este parentesco lleva ya dentro de sí un virus venenoso? Sin embargo, yo imaginaba que tratándose de seres tan bondadosos y amables como aquellas dos mujeres, ningún pretexto podía existir para que su amistad se envenenase.

Mi adoración por la bella Guadalupe no se había extinguido ni aún mermado con la ruina de mis ilusiones. Pero esta adoración había adquirido un matiz más respetuoso aún, la contemplaba como un ser inasequible, perfecto, y me consideraba feliz sólo con aproximarme a ella y saciarme con su vista. Hasta había llegado a perdonarle aquel tono siempre protector que conmigo usaba: antes me parecía impertinente; ahora lo hallaba sabroso. No podía ofrecerme duda que ella, después de lo que había pasado, leía con toda claridad en mi corazón, y esta seguridad despertaba en mí un delicioso sentimiento, mezcla de confusión y ternura. Adivinaba perfectamente que agradecía mi pasión y aunque no la alentase me prodigaba afectuosas atenciones que algunas veces me conmovían hasta privarme del uso de la palabra.

El General, aunque disfrazándola con sus modales bruscos y sus eternas bromas, me parecía que abrigaba en su pecho una pasión no menor que la mía. Cuando se dirigía a ella, aunque fuese para hacerle alguna burla, sus ojos expresaban tan apasionado afecto, que todos nos dábamos cuenta de lo que llenaba su corazón. Ella misma apartaba alguna vez la vista un poco ruborizada.

Tardó Don Luis en advertir la hostilidad de su hija. No era hombre de espíritu complicado ni fino observador. Además, es seguro que le parecía inverosímil y hasta monstruoso, aun más que a mí, que Natalia dejase de amar a una criatura tan angelical como Guadalupe. Porque, en efecto, nadie podía negar a ésta un carácter singularmente blando y apacible. Parecía imposible reñir con ella. Ni aun cuando se la contrariase abiertamente se lograba verla desazonada ni daba señales siquiera de impaciencia. Hacia su hijastra mostraba tan deferentes atenciones, que dada su posición a mí mismo me parecían excesivas. Por eso cuando al cabo comenzó a sospechar que Natalia la aborrecía, debió de quedar estupefacto. A esta estupefacción sucedió una sorda cólera, que pronto se hizo visible. Estaba inquieto, malhumorado; dejó de tener con su hija aquellas expansiones cariñosas en él tan frecuentes; espiaba a una y otra intranquilo y alguna vez le he visto fijar en Natalia los ojos con signos de irritación.

Por su parte la niña parecía no advertir el malestar de su padre y continuaba mostrando hacia su madrastra una indiferencia cada día más desdeñosa. Yo presentía que aquellos dos caracteres tan semejantes tenían que chocar al cabo forzosamente.

La catástrofe se produjo, desgraciadamente, hallándome yo presente.

Acabábamos de comer y Guadalupe había salido para cambiar de vestido, pues íbamos como de costumbre al teatro. El General, Natalia y yo departíamos tranquilamente en el comedor cuando sonó el timbre de la puerta.

—Ahí está Tonico—dijo el General.