Un día que Natalia pronunció el nombre de su profesor, el General se volvió hacia mí sonriente y me dijo:

—Pero ese amigo tuyo ¿por qué razón gasta tan larga cabellera? Parece un saboyano de los que tocan el organillo por las calles.

—No será por una razón estética—manifestó Guadalupe sonriendo también.

—Es un capricho—respondí yo, contrariado por aquel tono de burla.

—¡Es un capricho original el de dejarse crecer los pelos!—exclamó el General soltando a reír.

Natalia se puso seria.

—Hay otros caprichos—dijo—mucho más extravagantes y el mundo no sólo no se fija en ellos, sino que los aplaude. ¿No es mucho más ridículo hacerse planchar las camisas en París estando en Madrid? Un hombre puede gastar el pelo largo y ser inteligente, trabajador, digno, y otro puede gastarlo corto y ser holgazán, tonto y maligno.

Como la saeta parecía dirigida a Grimaldi, que enviaba, en efecto, sus camisas a París, el General se puso serio a su vez.

—¡Niña, niña, cuidado con la lengua!

Guadalupe se limitó a sonreír.