—Conmigo llevaría usted un desengaño—le respondí.—Yo no puedo compararme de muy lejos con esos colosos de la oratoria.

—Es usted demasiado modesto. Son varias ya las personas que me han dicho que habla usted admirablemente.

—Además, bastaría que supiese que se hallaba usted entre mis oyentes para que lo hiciese muy mal.

—¿Por qué?

—Precisamente porque es usted la persona ante la cual quisiera hacerlo mejor.

Natalia bajó los ojos y se ruborizó. Luego cambió de conversación.

Moro me narraba este incidente con emoción increíble. Yo lo celebré también, por hacerle placer, como si fuese un magno suceso, y le dije riendo:

—Sigues con aprovechamiento la carrera de Abelardo. Ten cuidado de que al fin no haga contigo el General lo que el canónigo Fulberto hizo con el seductor de su sobrina.

Moro dejó escapar una exclamación de susto; pero entendí que se mostró halagado con mi comparación.

Esta emoción ansiosa que Moro manifestaba en todo lo que se refería a sus funciones didácticas en la casa de Reyes contrastaba con la indiferencia con que allí se miraban. Natalia, cuando por azar salía el nombre de su profesor en la conversación, solía decir que era «muy simpático, muy simpático». Guadalupe la miraba entonces sorprendida, como si dudase de que hablara en serio. Para una mujer del gran mundo es caso sorprendente que se llame simpático a un joven tímido mal vestido. El General se había olvidado de su existencia. Esto prueba una vez más lo enorme distancia que existe entre lo que creemos ser en el espíritu de los demás y lo que somos realmente.