Después principiaron las confidencias transcendentales. Natalia no tenía por costumbre darle la mano ni cuando entraba ni cuando se despedía. Pues bien, una tarde, como la conversación fuese más animada y más íntima, al tiempo de marcharse se la estrechó amablemente. Moro agradeció este favor como si se la hubiese extendido hallándose en un pozo y a punto de ahogarse. Otro día, en vez de llamarle por su apellido, le dió su nombre de pila: «Adiós, Sixto; no deje usted de traerme mañana el periódico donde viene el cuento de que me ha hablado.» Moro mostró la misma alegría que si careciese de nombre y repentinamente le hubiesen bautizado.

Sin embargo, cuando terminó el mes y el General le llamó a su despacho y le puso en la mano dos monedas de oro, llegó a casa con el rostro más encapotado que un día lluvioso de invierno.

—Mira, el General me ha dado estos diez duros por las lecciones del mes—me dijo llamándome aparte y mostrándome las monedas—. Voy a comprar con ellos una cestita de flores y enviársela a Natalia.

—¿Qué estás diciendo?—exclamé sobresaltado—. Si tal hicieras te cerrarían las puertas de la casa.

—Pienso enviársela sin tarjeta.

—Es lo mismo; adivinarían inmediatamente de quién viene.

Comprendió la razón que me asistía y renunció por el momento a su descabellado proyecto, reservándose, no obstante, llevarlo a cabo más adelante cuando no hubiese peligro de ser descubierto.

Un día le encontré particularmente excitado. Brillaban sus ojos de un modo extraño. Parecía que la más pura felicidad traspiraba por todos los poros de su cuerpo. Hice lo posible por arrancarle su dulce secreto, y aunque sin duda se proponía guardarlo y esquivó en un principio mi curiosidad, no tardó mucho en entregarlo. La dicha de un enamorado es un pajarito que se escapa irremisiblemente de la jaula.

—Verás, Jiménez; esta tarde, Natalia, en el curso de nuestra conversación, que suele ser sobre un tema que de antemano elegimos, quedó un instante silenciosa y pensativa y me dijo de repente:

—No sabe usted, Moro, cuánto gusto tendría en oírle hablar en la Academia de Jurisprudencia. Los hermosos discursos me entusiasman tanto o más que los hermosos versos. Papá me lleva alguna vez al Congreso y he gozado mucho oyendo a nuestros más famosos oradores, a Castelar, a Moret, a Cánovas del Castillo. Entendía poco o nada de los asuntos que trataban, pero aquella manera de expresar las ideas tan fácil, tan elegante, me causaba una sensación deliciosa.