—Yo lo dejo a la tuya—respondió secamente.

Ni una palabra más volvimos a hablar de este asunto. Durante aquel día observé en Sixto cierta preocupación que hacía esfuerzos por disimular. Quedaba en ciertos momentos silencioso y pensativo; después se manifestaba excesivamente alegre y bullicioso.

Al día siguiente nos tropezamos en el pasillo cuando nos dirigíamos a almorzar y me dijo rápidamente sin mirarme a la cara:

—Puedes decir al general Reyes que estoy a su disposición.

—Perfectamente, y también se lo diré a Natalia, que se alegrará mucho seguramente—le respondí en la forma que más pudiera halagarle.

Pocos días después fuimos juntos a casa de Reyes, que le acogió con la afectuosa franqueza que le caracterizaba y amablemente le hizo comprender que ya tenía noticia de su talento y que lo estimaba en lo que valía. Moro se sintió aliviado de un gran peso. En su rostro leí la satisfacción que experimentaba. Sin embargo, cuando se llegó a tocar el punto de la remuneración volví a encontrarlo turbado y vacilante. Pero supo desenredarse con habilidad.

—Mi General—dijo imitando el tono resuelto de éste—, yo no soy profesor de francés, ni pienso serlo jamás, porque mis proyectos son otros distintos. Por lo tanto, dejo esta cuestión completamente a su arbitrio. Para mí es un honor que usted me crea digno de prestarle un servicio tan insignificante.

El General tuvo la delicadeza de no insistir. Después nos dirigimos los tres al gabinete donde se hallaban Guadalupe y Natalia. Allí fué distinto. Aunque no hubo necesidad de presentación, porque Moro ya las conocía, se mostró tan tímido y embarazado, que consiguió embarazarme a mí mismo. Me parecía estar leyendo en los ojos de las dos mujeres que adivinaban el secreto de mi amigo y la ayuda que yo le prestaba.

Pura aprensión, sin embargo. Ni a una ni a otra se les pasó por la mente que aquel joven humilde hasta el exceso abrigase en su pecho pasión tan atrevida. Le acogieron con bondadosa protección, que no produjo en él tan buen efecto como la franqueza del General. Tuve ocasión de advertirlo allí mismo y comprobarlo más tarde cuando salimos de la casa. Me habló con extraordinaria animación del carácter simpático de Reyes y de la grata impresión que causaba su rudeza militar impregnada de benevolencia. En cuanto a su esposa, se mostró más reservado y hasta me dió a entender que le parecía su carácter un tanto disimulado, si no falso. Como debe suponerse, le atajé inmediatamente subiendo hasta las nubes la dulzura y constante afabilidad del que continuaba siendo ídolo de mi existencia.

Pocos días después dieron comienzo las conferencias filológicas de Moro. Iba todas las tardes una hora antes de la comida. Los primeros días observé en él una actitud silenciosa y concentrada. Parecía gozar de una intensa felicidad mezclada de confusión. A mis preguntas acerca de las disposiciones de Natalia respondía vagamente, eludiendo la conversación. Paulatinamente, no obstante, se fué haciendo más comunicativo; me dió cuenta de los descubrimientos prodigiosos que iba haciendo, no sólo en el carácter, sino en el talento de su joven discípula. Yo no podía menos de reír interiormente de aquel entusiasmo que cada día iba en aumento.