—No dudo que tu amigo será un profesor excelente—manifestó el General—. Es un joven de talento, al parecer, y según nos cuentas es también un orador, ¿Pero crees tú que él se avendrá a desempeñar este papel?

—Yo creo que sí—respondí, sabiendo el enorme interés que Sixto tendría en acercarse al objeto de sus desvelos.

No obstante, después que salí de la casa con el encargo de hablarle me acometieron algunas dudas. Moro había terminado su carrera y a la sazón trabajaba como pasante en el bufete de un famoso abogado. El sueldo que éste le había asignado era cortísimo: apenas si con él podría subvenir a sus más perentorias necesidades; no le vendría mal, por lo tanto, un pequeño suplemento mensual.

Pero su carácter era altivo, y la humildad de su posición le había hecho aún más susceptible. Temí, pues, que no acogiese la proposición con el regocijo que en un principio había imaginado.

Para endulzársela un poco le di cuenta de nuestra conversación y de la manera oportuna que hallé para recomendarle como profesor. Sus mejillas se tiñeron de rojo bajo el golpe de la emoción.

—Pero bien, ¿cómo voy a hablar con ella en francés?... ¿Como profesor remunerado?

—Me parece que así debe ser—repliqué un poco confuso—. De otro modo es más que probable que el General no aceptase este servicio... Porque hasta ahora tú no eres su amigo.

El encarnado desapareció de las mejillas de Moro. En su rostro se dibujó una sonrisa sarcástica, la mala sonrisa de los instantes de cólera.

—¿Es decir, que voy a ser un maestrillo de los que se pagan a tanto la hora? Perdona, querido... Si he de entrar en la domesticidad, prefiero ser lacayo; porque al cabo alguna vez podría tocarme la grata tarea de anudar las cintas de su zapato.

—No hablemos más del asunto—repliqué a mi vez despechado—. Les diré, a tu elección, que no has querido o no has podido aceptar.