XII
PROSIGUE EL IDILIO ROMÁNTICO DE MI AMIGO SIXTO MORO
En una de las primeras visitas que hice aquel año a la familia de Reyes, hablando de su estancia cerca de la frontera de Francia, Natalia se dolió de haber olvidado las nociones de francés que había adquirido en el colegio, encontrando dificultad para hablarlo en sus frecuentes excursiones a Biarritz y Bayona.
—Sí, te convendría—dijo su padre—recibir algunas lecciones más, y sobre todo soltarte a hablar con una persona que conociese bien el idioma.
Entonces yo, por súbita inspiración, recomendé para el caso a mi amigo Moro. Había estado tres años en Francia y hablaba el francés a la perfección. Además, lo conocía gramaticalmente y su pronunciación era correctísima.
—Esto es de lo que se trata—manifestó el General—. Yo hablo medianamente el francés: Guadalupe lo habla mejor que yo; pero nuestra pronunciación es defectuosa, sobre todo la mía. Por otra parte, no tengo tiempo para estudiarlo a fondo y Guadalupe repugna el hablarlo entre nosotros.
—Sí—interrumpió aquélla—. Hablar un idioma extranjero en familia, sin necesidad, me ha parecido siempre una afectación.
—Sin embargo, yo creo que tú y Natalia bien pudierais charlar algunos ratitos.
Guadalupe dirigió una rápida mirada a su hijastra y respondió vacilando:
—De nada serviría; yo pronuncio detestablemente el francés.
Natalia quedó seria y en su frente se marcó una arruga. Esto no hizo más que confirmar mi convicción de que las relaciones entre aquellas dos mujeres no eran excesivamente cordiales.