Continuó él sus gestiones, que como puede suponerse obtuvieron un resultado dichoso. Me participó pocos días después con ostensible abatimiento que su matrimonio estaba concertado y fijado para el mes siguiente. Le aconsejé que se trasladase inmediatamente de domicilio, porque la robusta Celedonia había dejado escapar ya su dulce secreto y entre los huéspedes de Doña Encarnación se había declarado un regocijo tumultuoso que pudiera originarle algún disgusto. Aceptó mi consejo, se trasladó a una fonda de la calle del Arenal y no muchos días después vino a rogarme que le sirviese de testigo en la ceremonia de su boda. Estaba tan descaecido, tan marchito de cuerpo y alma, que inspiraba lástima. Era de temer, en verdad, que el hilo de su vida se quebrase antes de verlo anudado al de la hercúlea planchadora.
Llegó por fin el día feliz. ¿Feliz? No para mi pobre amigo, a quien hallé con los ojos enrojecidos por el llanto cuando fuí a buscarle para trasladarnos a la iglesita del barrio de la Celedonia, donde debía efectuarse la ceremonia. Allí nos esperaba un buen golpe de menestrales en traje dominguero. Jáuregui había exigido que no se invitase a nadie. Sin embargo, fué imposible evitar que la señá Merenciana y el señor Indalecio, carnicero de la calle de las Veneras, que eran los padrinos, dejasen de avisar en secreto a algunos de sus amigos más considerables.
Celedonia, radiante de alegría y peinada a la moda de las señoritas, vestía un lindo traje negro que Jáuregui le había mandado hacer, lucía pendientes de perlas, regalo también del novio, mantilla, polvos de arroz en la cara, y guantes blancos. Estaba horrible.
Celebróse la santa ceremonia, durante la cual las lágrimas resbalaban silenciosas por las mejillas de Jáuregui. Cuando terminó, la novia, sonriente, apretaba la mano callosa de sus conocimientos y recibía sus felicitaciones calurosas.
Almorzamos en el piso alto de una taberna de aquel barrio. Como era de rigor, el carnicero, el pollero, el carpintero, el trapero, todos aquellos honrados trabajadores se emborracharon concienzudamente. El bello sexo se alegró también, aunque con más modestia. Celedonia soltaba a cada instante estrepitosas carcajadas que hacían asomar las lágrimas a los ojos de su marido.
El señor Indalecio, carnicero de la calle de las Veneras, me tomó aparte y cogiéndome de la solapa me dijo con lengua estropajosa:
—Estoy muy contento, mucho, de que mi sobrina se haya casado con un caballero... pero, la verdad... temo que no sea feliz... porque ese señorito amigo de usted... perdone que se lo diga... es un grandísimo borracho.
—¿Borracho?
—¡Un pellejo de vino! ¿No ve usted que en cuanto lo prueba se pone a llorar como un becerro? Lo misma le pasaba a un amo que tuve yo en el Arco de Santa María.
Cuando llegó la hora, los novios se esquivaron. Yo les acompañé en un coche a la estación y allí me despedí con un abrazo para siempre de mi lacrimoso amigo. Para siempre, no, porque muchos años después tuve la buena suerte de tropezar con él y reanudar nuestra antigua relación. Pero de tal suceso tendrá conocimiento quien lea hasta el fin estas verídicas memorias.