Si un individuo reclama a otro lo que le debe: «¿Qué es lo que usted se ha figurado?», le responde su deudor. Si nos quejamos de las molestias que nos ocasiona un niño, su papá nos pregunta enfáticamente: «¿Qué se ha figurado usted?» Si exigimos que nos dejen el paso libre en un tranvía, algún viajero nos pregunta indignado: «¿Qué se ha figurado usted?» Hasta he oído a un caballero que recibió una bofetada en el teatro preguntar en tono perentorio: «Pero ¿qué se ha figurado usted?», mostrando gran curiosidad por averiguar qué clase de imágenes flotaban en aquel momento por el cerebro de su agresor.
Yo no podía, ciertamente, describir a aquella buena mujer lo que en aquel momento me representaba, porque todo bullía revuelto y caótico en mi mente. No sabía más que decir:
—¡Pero, señora, escúcheme usted!
—¡Venir a proponer una porquería semejante a una mujer que sirvió en la casa de un señor con cuatro títulos! ¿Qué se ha figurado usted?
Repito que no me figuraba nada, pero sí veía las figuras de una porción de chicuelos que se habían encaramado sobre las tablas del cercado del solar para presenciar la disputa. Veía también las cabezas de algunos vecinos asomarse a la puerta que había dejado entreabierta, Estaba consternado. Maldecía interiormente de mi insensato amigo, de sus progenitores hasta la quinta generación y sobre todo del indecente de Sócrates, causante principal de toda aquella perturbación. Los gritos de las dos furias sonaban como martillazos en mis oídos, pero ya no me daba cuenta de lo que expresaban. Sólo entendía claramente que había cometido la mayor sandez de mi vida y juraba por la gloria de mi madre que jamás me pondría al habla otra vez con una señora que hubiera servido en casa de un caballero con cuatro títulos.
Sin embargo, como no hay nada infinito en nuestro universo y todo es deleznable y perecedero, así la cólera de aquellas mujerucas, después de alcanzar su máximum de desarrollo, comenzó a decrecer paulatinamente. Aproveché este momento para sacar del bolsillo las dos cartas que Jáuregui me había dado, una para Celedonia, otra para su madre, y ponerlas en las manos de ésta.
Las olas quedaron sosegadas instantáneamente. Es indudable que el lenguaje escrito ejerce en el vulgo una impresión infinitamente mayor que el hablado.
La buena mujer aceptó el mensaje con muestras de respeto, dió algunas vueltas en la mano a las cartas, se las pasó después a su hermana, que a su vez las hizo girar suavemente entre sus dedos, y se las devolvió al cabo con la misma unción y recogimiento.
La verdad es que ni una ni otra sabían leer, ni tampoco Celedonia, pero tenían un primo hermano carnicero en la calle de las Veneras que leía perfectamente lo mismo lo escrito que lo impreso.
Yo no dudaba que después que este hombre ilustrado se hubiese hecho cargo de ambos mensajes florecería la calma en el seno de esta familia ofendida. Me despedí de ambas disimulando cuanto pude mi irritación, pero así que llegué a casa manifesté a Jáuregui con bastante aspereza que mi intervención en este asunto había cesado por completo sin posibilidad de que se reanudase jamás.