La mujeruca sonrió con mayor agrado aún.

—En fin, voy a decírselo de una vez y con toda claridad... A mi amigo Don Carlos de Jáuregui le ha dado golpe Celedonia y si usted no se opone quiere casarse con ella...

La buena mujer me miró unos instantes con los ojos muy abiertos como si no entendiese. Entendió al fin y su fisonomía se contrajo con expresión de cólera. Se levantó del banco donde se hallaba sentada y vino hacia mí furiosa, exclamando con altos gritos:

—¡Cómo! ¿Qué es lo que usted viene a contarme? ¿Que le venda mi hija a ese señorito? ¿Y viene usted para eso a mi casa? ¿Viene usted a insultarme porque somos pobres? Sepa usted que yo tengo tanta vergüenza como la reina de España... ¡Merenciana! ¡Merenciana!

A sus gritos, cada vez más descomunales, salió otra mujeruca de la barraca y viendo a su hermana encolerizada juzgó que debía ponerse al unísono con ella sin saber de lo que se trataba y se dirigió a mí indignadísima llamándome tío silbante y sinvergüenza.

—¡Venir a proponerme que le venda mi hija! Como si yo fuese una cualquier cosa... ¡Una mujer que ha servido diez años en casa de un señor con cuatro títulos!

—¡Señora, tenga usted la bondad de escucharme!—exclamé yo en el colmo de la confusión.

Pero ni ella ni su hermana atendían, cada vez más encrespadas.

—¡Venir a insultarnos porque somos pobres!... ¿Qué se ha figurado usted?

Es cosa averiguada que en España cuando una persona se siente incomodada por lo que otra ha dicho o ejecutado nunca deja de atribuír a ésta una gran fantasía poética y le pregunta con interés qué es lo que se ha figurado.