—¿De mucho interés?—preguntó mirándome con evidente satisfacción.

—Sí, de mucho interés... Vengo comisionado por un amigo que vive conmigo en la calle de Carretas y al cual le lleva la ropa planchada todas las semanas su hija.

—¡Ah, sí!... el marquesito.

—No sé si es quien usted supone. Mi amigo se llama Don Carlos de Jáuregui.

—Sí, señor, sí; el marquesito... ¿Un señorito bien parecido, amarillito él de la cara, que lleva una cruz encarnada sobre el pecho?

—Justamente.

—Pero mi hija nada tiene que ver con la ropa. Si necesita hacer alguna reclamación debe hablar con su ama que vive en la calle de...

—No, no es a propósito de la ropa, sino de otra cosa muy distinta. Verá usted... Mi amigo ha simpatizado con su chica... La encuentra muy agradable... En fin, le gusta mucho... Porque Celedonia... ¡vamos, la verdad... se lo merece todo!...

Yo titubeaba de un modo lamentable. La señá Ramona me miraba con agrado escuchando el panegírico de su heredera.

—Por supuesto—proseguí—, tiene a quien parecerse... Porque usted, señora, debió tener unos diez y ocho años que habría que ver...