Heme aquí, pues, en busca de la familia de aquella moza favorita de los espíritus. Fuí a casa de su ama la planchadora y allí me dijeron que la Celedonia habitaba en el Puente de Vallecas y que no tenía más familia que su madre y una tía con las cuales vivía. Con las señas que me dieron me dirigí al día siguiente por la tarde a este punto, indagué dónde estaba la vivienda y me encaminé a ella entre pesaroso y contento de mi cometido diplomático.

La madre y la tía de la Celedonia habitaban en una choza o barraca de madera situada dentro de un solar cercado por tablas.

Vi una mujer delante de la barraca sentada al sol remendando una camisa y me dirigí resueltamente a ella.

—¿Es usted Doña Ramona Fernández?

—No tengo ninguno, señorito. Esta mañana me los han llevado todos—me respondió con acento triste.

Yo la miré estupefacto y ella a mí.

—¿Pero no es usted la madre de una planchadora que se llama Celedonia?

—Sí, señor, sí; pero ya le digo que no me queda ninguno. Esta mañana se ha llevado los que había la criada del teniente de la Guardia civil, porque su ama está bastante malita y no toma más que huevos y leche.

Entonces comprendí y le dije:

—No, señora, no vengo a comprar huevos. Vengo a hablarle de un asunto importante y de mucho interés para su hija Celedonia y para usted.