—La verdad es que no tiene motivo alguno para eso. Ella debe saber que sólo me caso por obedecer las órdenes de lo Alto y que llevo a cabo el mayor sacrificio que un hombre puede hacer en esta vida... Mi tío es un iluso. Se le figura que todo es lujuria en este mundo. No tiene idea de nuestro destino inmortal ni menos de la comunicación que existe entre los espíritus encarnados y los desencarnados.
—Pero bien, después de todo no me has dicho si has hablado ya con la planchadora y si te has puesto de acuerdo con ella.
—No la he vuelto a ver—respondió pasándose la mano por la frente con abatimiento—. No quiero dirigirme a ella porque me causa tal vergüenza y repugnancia, que temo no poder llevar a cabo mi sacrificio. Me parece que lo mejor será que tú arregles el asunto...
Di un salto en la silla.
—¿Qué estás ahí diciendo?
—Sí; el medio más adecuado para resolverlo pronto y bien y que yo no tenga que sufrir una serie de humillaciones y tristezas es que tú vayas a hablar con su familia, les expongas mi pretensión y si aceptan y ella me acepta también...
—Date por aceptado—interrumpí.
Jáuregui me miró con infinita tristeza y continuó:
—Que todo se resuelva lo más pronto posible y sobre todo sin ruido. Me propongo marchar el día mismo de mi matrimonio para mi finca de la Enjarada en Alicante.
Quise rehusar aquella misión delicada. No me fué posible. Mi pobre amigo se manifestó tan afligido que llegó a derramar lágrimas. Hay que confesar que las tenía siempre a punto. Por fin me decidí a complacerle siempre con la esperanza de que al cabo por cualquier circunstancia se desbaratase tan descabellado y ridículo proyecto.