—¿Y qué te ha dicho?

Jáuregui entornó la cabeza hacia otro lado con disgusto, frunció el entrecejo y tardó bastante en responder. Al cabo profirió con entonación colérica:

—Mi tío es un botarate.

—Pero ¿qué te ha dicho?

—Al saber que estaba resuelto a casarme con una planchadora se contentó con decirme: «Hijo mío, vas a proporcionarte un placer muy caro. Vas a comer un bocado exquisito; pero considera que detrás de ese vendrán otros bien amargos... Porque supongo que tu planchadorcita será una preciosidad.» Y sus ojuelos de viejo verde brillaron de un modo perverso. Cuando le dije que Celedonia era fea le acometió tal ataque de risa, que se puso negro. Tuve que llamar al criado; le echamos agua en la cara y al fin logramos que volviese en sí... Lo primero que hizo fué llamarme jumento y echarme a la calle.

Yo disimulé también cuanto pude la risa, que me retozaba en el cuerpo, porque no tenía ganas de ponerme negro ni que me echasen agua, y le dije:

—¿Has consultado el caso con tu novia?

—¿Querrás creer—me respondió levantando la cabeza con asombro—que la he llamado repetidas veces todos los días y jamás ha querido acudir?

—¡Es natural, hombre!... La pobre chica debe de estar celosa.

Calló Jáuregui unos instantes; sus ojos se humedecieron de nuevo y dijo al fin suspirando: